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Si bien se puede considerar hoy que el tatuaje es un arte considerablemente aceptado, hubo un tiempo en el que estar tatuado era algo de mal gusto y propio de las clases más bajas de la sociedad. Sin embargo, siempre han existido personajes históricos que rompieron los moldes de una época para avanzar social y culturalmente.

Maud Wagner fue una de ellas. Nacida en 1877, fue una de las primeras artistas del tatuaje en Estados Unidos. Creció siendo contorsionista y trapecista, viajando a lo largo de los Estados Unidos para actuar.  La persona que la introdujo en el mundo de la tinta fue su marido Gus Wagner, un tatuador del mundo circense. Se conocieron en la Feria Mundial de Sant Louis en 1904.

Él, admirado por su singular belleza, le propuso una cita, la cual Maud denegó al percatarse de sus brazos completamente tatuados. Ella quedó impresionada, y tras cierto tiempo le propuso un trato. Aceptaría su cita si él la introducía en el mundo de la aguja. Finalmente el amor surgió y se casaron.

Maud se dejó tatuar por su marido, y tras aprender, fue ella quien comenzó a tatuar a otras personas. Fue la primera mujer en adentrarse en este arte. El proceso de inyectar tinta en la epidermis no era igual que el actual. Antaño se hacía a mano, mojando la aguja en tinta y clavándola sin cesar en la piel de la persona. Un trabajo realmente laborioso, y doloroso para quien lo padece.

Fruto de este amor nació Lovetta. Con tan solo nueve años, y tutelada por sus padres, ya comenzó a tatuar. Llama poderosamente la atención que su piel quedase sin un solo rastro de tinta. Lovetta siempre quiso ser tatuada por su padre, pero su madre lo prohibió. Cuando alcanzó la mayoría de edad, su padre falleció. Nunca quiso que nadie más tocara su piel con una aguja.

La familia Wagner siempre será recordada por introducir al interior, un arte que era propio de las zonas costeras.

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