He intentado odiarle. Os juro que he intentado odiarle durante 59 minutos. Mató a tres personas -e hirió gravemente a otras veinte- en un salvaje atentado llevado a cabo en Santander en 1992. Hablo de Iñaki Rekarte, exmiembro arrepentido de ETA, que acaba de salir de prisión tras veintidós años cumpliendo condena.
 
En nombre de Euskal Herria, pero actuando en la capital cántabra, acabó con la vida de un matrimonio de poco más de cuarenta años y cercenó la vida de Antonio, un joven de 28 años que estaba a punto de casarse. Probablemente, éste es el único asesinato de ETA que ha servido para algo dentro de la sociedad vasca: su corazón, uno de los órganos que sus padres donaron, permitió seguir viviendo a una mujer vasca. ¿Paradójico verdad?

Siempre me he imaginado a los etarras, con cara de monstruo. Y choca ver que no es así: tienen cara, familia, sentimientos e, incluso, visten ropa que te gusta. Tristemente son personas.



La mayoría, como Rekarte, eran jóvenes veinteañeros que vagaban sin destino y que encontraron su rumbo junto a «cuatro adultos» que les trataban como héroes; que les daban un calor que -por circunstancias- no encontraban en otros sitios; que les ofrecían la oportunidad de dar un sentido a su vida luchando por la independencia de Euskadi. En realidad, solo era un excusa racista de cuatro líderes con la que llenar unas vidas vacías y, de paso, la billetera. Lástima que la mayoría de estos «cachorros» se hayan dado cuenta tras varias décadas en prision, cientos de muertos después. 

Durante los 59 minutos que dura el reportaje que me ha traído hasta esta reflexión, no he podido evitar -por más que lo he intentado- sentir compasión por este antiguo terrorista que, durante toda la entrevista, intentaba buscar la complicidad de Jordi Évole, el majestuoso ejecutor del reportaje. En la mirada de Rekarte se puede comprobar cómo sus ojos piden una palmada en la espalda, ansían el calor humano, suplican la llegada de un brazo amigo que recorra su hombro. Se puede apreciar un rostro que dibuja una sonrisa de incredulidad mientras describe cada una de las barbaridades que acometió por un ideal que en realidad no existía. Incluso llegamos a ver cómo el que fuera líder del comando Santander con apenas veinte años, mira al suelo avergonzado mientras reza algo así como «era racista, antiespañol… Y ahora padre y marido de gaditanos». 

Tenéis que ver el reportaje. Nunca he visto nada así. Pongo mi espalda a disposición de todos aquellos que, por desgracia,  hayan sufrido de cerca el terrorismo. Es justo que me caigan palos. Pero es lo que pienso. He intentado odiarle. Pero solo siento pena por quien no solo ha arruinado la vida de los demás, también la suya propia.

 




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