Entre el espacio y el tiempo, una marca indica el inicio de la hostilidad.

Podía haberse tratado de un minuto determinado en que todo se vuelve oscuro, angustioso y polvoriento, o tal vez un lugar emplazado en una latitud que te sumerge en historias del pasado en la vieja Irlanda, concretamente en la sufrida e invisible capital Belfast. Pero, curiosamente ha tenido que ser un director llamado Yann Demange de nacionalidad francesa y padre argelino, quien se ha involucrado en esta fecha tan dramática para Europa y reproduzca la violencia dentro de sus territorios en pleno siglo XX.
 
Porque ´71 es el año elegido para poner en el disparadero a los jóvenes, en uno de los conflictos políticos y armados más antiguos y cercanos a la vez, en una vuelta a la historia que podría ser tomada por una filmación aburrida o tendenciosa. Sumergirte de nuevo en la ceniza de aquellos hechos pero, en cambio el director parisino ha construido una pesadilla moderna y con una carga crítica primordial, antes de que se produjeran todas aquellas terribles muertes poco después.



El sinsentido de la lucha en la piel de muchachos atrapados por los vaivenes políticos e ideológicos, con una caza que rivaliza en acción del viejo Acorralado y la crueldad asfixiante que se despliega en el filme. ´71 cuenta la historia de un soldado británico atrapado en una noche nefasta y antes de la masacre, en que los vecinos británicos e irlandeses tuvieron la pérdida de la racionalidad en favor de las armas.

Sin embargo, dejando matices políticos y religiosos aparte, para contar este drama nos vemos envueltos entre cabecillas e inocentes en el interior de los callejones, la espesura nocturna y las palabras gruesas con que se magnifican las escenas. Demange y su guionista proceden de las series televisivas, aunque demuestran una tensión narrativa y fílmica que produce un estado especial de ansiedad entre los espectadores, y se confunde la historia en una espesa ambientación que te deja sin aliento. Todo para demostrar que las armas destruyen cualquier tipo de convivencia y diálogo, hacia una deriva mortal y la venganza sin diferencias de sexo o edades.

Por tanto, mediante esta fotografía acompañada por la producción artística, la película demuestra que la carnaza de inocentes se corta y vapulea por esos cuchillos lanzados en la ´ténebre` expresión de la violencia, cuando el belicismo se adueña de las calles y los intereses cruzan de aceras hasta sombrías apariencias.

Incuestionablemente Yann Demange establece un negro escenario, una capital que olvida sus brillos verdosos de los alrededores y sus gentes abiertas, para transformarlos en víctimas o jaurías dependiendo de los factores que asoman por la pantalla en esta noche infernal. Donde lo más importante es el terror que se propagan en cada segundo del metraje, por encima de los magníficos intérpretes de la película, ya que los buenos y los malos no existen en ella, sino que todos son cadáveres en vida. Muertos vivientes que fabricó la historia como tantas otras veces.

Más el reparto reúne a un grupo de actores procedentes de ambos lados (ahora pacíficos por fortuna) con unas recreaciones de los personajes solventes y estimables conversaciones, sobre todo en su versión original.

Además, la banda sonora del compositor irlandés David Holmes (Código 46, Ocean´s Eleven) contribuye a incrementar la pesadilla psicológica y a la ambientación siniestra a golpe de percusión como reflejo del puro terror.
 
El actor de Invencible es el protagonista total, un gran Jack O´Connell que enfrentará trabajos junto a Christoph Waltz o dirigido por Jodie Foster. Y un grupo de grandes profesionales que nacieron a uno u otro lado del drama excepto el australiano Sam Reid, como Paul Anderson (Sherlock Holmes), Sean Harris (Prometheus), Charlie Murphie (Philomena), Richard Dormer (Game of Thrones), Valene Kane (Victor Frankenstein), Killian Scott (Calvary), Martin McCann (Cerrando el Círculo), Sam Hazeldine (Monuments Men, The Machine) y el todoterreno dublinés David Wilmot.
 
Aquí, las calles de Belfast (no reales pues pertenecen al estado de Lancashire) se asemejan a un Londres victoriano, como si sus rincones pintorescos constituyeran trampas dónde se esconden y acechan los depredadores nocturnos. A veces, da la impresión de que el mismo Jack the Ripper pudiera manifestarse en medio del caos y la orgía de fluidos. Pues, según avanza el guion se va volviendo más prolífico en angustia y tensión, entre gritos o silencios de miedo.

La sangre se pega en la piel, mancha los adoquines y el rostro de un espectador espantando, como si fuéramos el protagonista que abandona su familia y casa, para verse acorralado en una misión que se convierte en carnicería.
 
Dejando de lado la polémica territorial, ideológica y confesional que enfrentó a ambos pueblos (personalmente no me interesan estas cuestiones) y destruyó familias mediante la muerte de hombres, mujeres y niños, la película es un espectáculo visual y una propuesta radicalmente antibelicista. Esto la encumbra en el tipo de cine que me gusta, cuando las mentes se alinean para criticar el uso de las armas, como siempre debería de ser.

Los jóvenes cayeron creyendo defender unos ideales que impusieron hombres en la sombra, se encontraron con la violencia cara a cara con muchachos de la misma edad y dejaron en sus domicilios, los rostros de aquellos que aman realmente.
 




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