Imagino que Columbia Pictures y el director sudafricano Neill Blomkamp tendrían la intención de crear un filme que siguiera la estela triunfadora del primer trabajo con District 9 (enturbiado con la siguiente Elysium), y para ello han hecho un híbrido entre ambos. En Chappie se extrae los problemas de la marginación y la criminalidad, esta vez de la mano de la tecnología en cuerpo y alma, no sólo vertebral. De la mano de un guion de Terri Tatchell que utiliza resortes demasiado trillados en el pasado, con Robocops o Johnny 5.
 
Ya el título te predispone un poco a ver algo relacionado con el diminutivo, por ejemplo algún tipo de mascota. Pero, el marketing y los carteles intentaban desviar la mirada hacia otros temas más trascendentales. Sin duda, la predicción antes del visionado era dispar con una serie de factores que condicionaban el mismo. Pero, no todo en el cine pasa por lo sustancioso o garantizar la diversión del pasado.

Aunque las pretensiones de Blomkamp de humanizar una vida, ya de por sí complicada, se aleje de la vivacidad y construcción de aquella historia con personajes nacidos más allá de nuestra Vía Láctea. Porque la diferencia básica es que el supuesto héroe o Chappie, está construido mediante las manos humanas y su propia racionalidad.
 
Una vez puesta la red, con los tópicos dedicados a los más jóvenes, te encuentras bastante perdido entre la desambiguación que transcurre por los circuitos del personaje. Es decir, al igual que Chappie parece deambular entre el bien y el mal, mi persona no acaba de comprender esta mezcla de infantilismo y marginación. Creo que hubiera sido más natural, elegir una cosa o la otra.



La ciencia ficción destinada a los más pequeños tuvo sus máximos representantes en los años 70 y 80, con Steven Spielberg como máximo exponente de acercar lo fantástico a los niños, pero Neill se lía con una ñoñería que mezcla una ensalada de disparos con mucho aparato pirotécnico, más que la efectividad de un texto y unos diálogos sugerentes y atractivos.

En definitiva, los personajes humanos dejan bastante que desear, ante la curiosidad de los ojos de un joven que se acerca al cine.
 
Chappie más que bebé, se asemeja a un cachorrillo que intenta hacer nuevos amigos, o un juguete con el que se divierten buenos y extraños. Desde su director que retrocede en mi lista de diamantes en bruto, hasta los dos extremos de una balanza que no funciona en ningún momento, compuesta por un reparto que estira de ambos miembros mecánicos con el peligro de terminar desmembrándolo. ¡Qué habéis hecho, Neill! Ay

Por consiguiente me encuentro durante toda la proyección con el dilema de menoscabar las intenciones de director y su equipo técnico (sobre todo los de efectos visuales y sonoros, vaya banda sonora) o sentencia la aparición de algunos rostros que se asoman como los clientes a un escaparate creado artificialmente.
 
Algunas caras reconocibles en papeles que parecen sacados de una tómbola de personajes, pues no suponen ningún esfuerzo dramático ni tan siquiera cinematográfico. Cada imagen parece estar montada para atraer la atención de los aficionados noveles al scifi, con caramelos y un envoltorio de diálogos cursis por encima de todo.

Es cierto que la trama se encamina hacia el desastre, pero al final descubre una intención de crítica social que no funciona después del desconcierto de música chirriante y mensajes empalagosos. Vamos que la fábula moral llega demasiado tarde, cuando estás deseando que termine ya el sacrificio del pequeño robotito y su crecimiento a la tontería de su inteligencia artificial. Qué padecimiento, el pobre Chappie en manos de una pandilla de delincuentes que se ponen cadenas como quién ve nevar tirado en la carretera, y que podrían circular con su «fragoneta de malacatones» con tanto oro. También con el peaje que paga Hugh Jackman en un papel de malo que sólo destaca su corte de pelo (mucho que hablar la estética de Chappie… pero no tengo más espacio).
 
De Sigourney Weaver es casi mejor no hablar, pues la jefa tecnológica y policial que representa parece más gallega que otra cosa (no se sabe si entra o sale en cada plano), por tanto el contexto que rodea toda la estructura es tan irreal y simple como el mecanismo electrónico de un chupete para pequeños autómatas.

Mi crítica esencial va hacia esas relaciones paterno-filiales que parecen sacadas de un capítulo erróneo de la familia Monster en horas bajas, con un Chappie que en lugar de resultar atractivo, te va dejando con las luces de intermitencia puestas, click, peligro, click, ay.

Hasta que la película deja de ser una decepción, para convertirse en un producto engañoso con carteles tan bien elaborados como falsos. Y un creador que entre padres y madres (sin ningún registro interpretativo ni papel a sus espaldas), que no posee ningún atractivo ni carisma con el que encariñarse.
 
Solamente resta que la ciencia no quede tan desprestigiada con artefactos tan copiados y rudimentarios, sin la seriedad requerida para sustentar el género que amamos la mayoría de los aficionados. Aunque, la moraleja haya abierto una divertida caja de los truenos, aprovechando que el río pasaba por Johannesburgo, esto es, se puede leer y transcribir la conciencia de un ser vivo… y rozar el rizo de las inteligencia artificial de quita y pon.

¿Se pueden intercambiar ciertos aspectos humanos, como si fueran las baterías de un móvil o celular?
 
Creo que desgraciadamente lo veremos en otra entrega (al igual que prepara la nueva District 10 y un Alien 5 que ya me ofrecen ciertas dudas), esperemos que mejore por el bien del scifi.
Chappie… has sido un niño muy malo, y te mereces unas largas vacaciones en el destierro de los robots.

Mi nota para esta película producida entre USA, México y Sudáfrica sería… File not found.




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