El cine de ciencia-ficción con ciertos toques cómicos, ha sido siempre un recurso que han utilizado tanto la industria de Hollywood como en otras cinematografías. En el caso de Horns, mantiene algunos clichés o chistes de carácter sarcástico y también crítico hacia la sociedad, recordando en otra dimensión más romántica a películas como las series fantasmagóricas de Abbott y Costello hasta Bedazzled del recientemente desaparecido Harold Ramis, así mismo entronca con otros disparates del género como El Diablo metió la Mano, Dogma o Tusk de Kevin Smith, una buena parte de la investigación de un desconcertante crimen en Scream.
 
En el filme interpretado por Daniel Radcliffe convertido en Mefistófeles o cualquier otro ángel caído, se ha reencarnado en la piel (por fin libre de rayos en la cabeza y con barba de varios días a la moda), justo en una época que trata de desembarazarse de aquellos imberbes encasillamientos. Cambia la magia por la penitencia al terror con descaro y el juicio sobre los pecados de nuestra sociedad, dejando de lado cualquier tipo de rasgo relacionado con la confesión en el terreno religioso. Lo cual confiere a Horns un descenso particular a las motivaciones que posee la gente para ejercer el mal. Daniel se disfraza de este tipo de confesor astado y poder calórico salido de las entrañas del averno, acuciado por la desaparición de su novia durante una noche de consecuencias etílicas, que desencadenan su particular y no pretendido descenso a los infiernos.

Horns está dirigida por el parisino Alexandre Aja (Alta Tensión, Las colinas tienen ojos) se transforma moralmente en una de esas producciones despreciadas por sus escasas pretensiones fílmicas y más interesada en el entretenimiento, que demuestran un estado evidente del actual del mundo cinematográfico. Esto es, mezcla un reparto de actores con tirón entre los más jóvenes buscando su sitio fuera de otros papeles que marcaron a fuego su frente, en este caso, incluye a la actriz Juno Temple (Lovelace o Maleficent) persistente en el enamoramiento ahora con el cabello de rojo diabólico. También pertenece a esos filmes con un recorrido en la exhibición bastante difuminado y esquivo, pues la producción data de hace dos años.



Fantasmagórica y ligeramente provocadora (podría serlo mucho más) se atasca en ciertos momentos por no echar más carne al asador de la depravación. Y se enmascara en la osamenta de castigo que presenta su protagonista intentando resolver un crimen igualmente confuso, tras una resaca matutina que lleva a esta especie de indignado a despreciar todo aquello falso que representan sus vecinos.

El particular descenso al infierno de un Fausto para los más jóvenes y descarados, no precisamente por el tratamiento de choque con que le obsequiara su media naranja en el filme, más bien por las características extrañas en que se ve envuelto cuando tiene que entablar la investigación con sus nuevas adquisiciones y poderes demoniacos. A partir de Horns y La mujer de Negro, Daniel me ha empezado a caer mejor con cuernos, además de conocer que será Igor en una nueva propuesta sobre el monstruo de Frankenstein dirigida por Paul McGuigan (uno de los responsables de la serie Sherlock), junto a James McAvoy.

La película tiene tintes de investigación paranormal, con diminutas perlas ensangrentadas y algo de humor negro, mal hablado y gamberro, alejado de tensiones psicopáticas y más salvajes, con esos personajes enfermizos de las primeras películas de Aja. Aunque sin llegar al extremo desfasado de su injustificada Piraña 3D, tan solo inspirado por buscar el rendimiento en taquilla.

En Horns prima el mecanismo de la transformación del personaje, tanto de cara al exterior hacia los espectadores como en los recuerdos que se cuelan por los resquicios de su mente, perseguido por equívocas circunstancias que le van convirtiendo de febril enamorado a acosado por las dudas y otros ramalazos ´faústicos`. Pero que, sin rastro de una serie B más osada, la sociedad se desnuda ante él demostrando la decadencia de sus comportamientos, ante sus padres, por la calle, en sus trabajos o mediante los deseos más inconfesables. Una suerte de confesor endiablado con su propia pugna interior, toda una declaración de principios sobre los tiempos pasados como Harry Potter… puede ser.

Uno de los principales atractivos que se esconde tras su espectacular cornamenta, son los cameos de actores que parecen invitados al aquelarre dirigido en Vancouver, como Max Minghella (The Social Network), Joe Anderson (Across the Universe), Kelli Garner (The Aviator), o los multidisciplinares James Remar, Kathleen Quinlan, Heather Graham o David Morse. Algunos tan divertidos que hubieran necesitado un mayor recorrido.

La comedia tiene una estructura post-adolescente basada en el libro de Joe Hill (seudónimo del escritor e hijo de Stephen King) su éxito más reciente con el mismo título. Un texto repleto de faltas anti-higiénicas y comportamientos agravados por la esencia malvada y extraviada del ser humano, enmarcan en atípico este descenso goethiano con chistes sexuales e insultos guiados desde los vapores del azufre, que magnifican su esencia maligna y la redención del individuo condenado.

Ellos, los condenados se ofrecen a sus/nuestros oídos declarando los propios pecados, como si alimentasen sus terrores personales. Radcliffe desprendido de rayo pero no de magia, convence para hacernos olvidar al muchacho, que ha abandonado las monturas por escobas más sexuales, y dota a sus nuevos trabajos de una capa de pasotismo bastante cuidado. Un catálogo más adecuado con su actual imagen, tendiendo a la oscuridad y entregado al anti-héroe romántico o gótico. No es mala cosa, si se encuentra a si mismo con estos papeles.

Sin embargo, en el sentido contrario se dirige Alexandre Aja que nos confunde con su carrera irregular. Por un lado, mantiene los trazos terroríficos pero entregado a la comedia disparatada sin implicaciones personales o morales, algo que tiene bastante desorientado al personal. Unos aficionados al género del horror que esperan a ver cuales serán sus siguientes pasos en su aventura americana, ahora parece dirigido al thriller con The 9th Life of Louis Drax (con guion del propio Max Minghella) y la bella actriz canadiense Sarah Gadon.

Particularmente, el humor no me parece tan mal si su sitio pasa por la diversión, con Cuernos enrabietados y una banda sonora con canciones muy reconocibles que potencian algunas escenas y suaviza los rasgos de perversión controlada.

En definitiva, me quedo con las ganas de un cambio más potente en ambos, ya que la parte más atractiva de la película son esas confesiones disparatadas y superficiales, que arrancan sus máscaras y los tabúes de la humanidad. Por tanto, a falta de un contenido con otras cargas de profundidad más impactantes, Horns se muestra como dos pequeños abultamientos que nos recuerdan lo que fuimos y hacia dónde nos encaminamos en el futuro, con relaciones enfrentadas y mentes dispares.

Me quedo con estos actos deslenguados y pecadores, más que con la relación amorosa predecible, porque siempre las verdaderas intenciones oscuras aparecen en el interior de nuestras cabezas, no en la apariencia externa de la espectacular ´cornucopia` que significa el Mal. «Harry» Radcliffe con cuernos… molas más.




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