Siempre he tenido un espíritu aventurero y mi mente se ha desarrollado por los caminos de la imaginación, he sentido el surrealismo en las artes como una parte indivisible del hombre y mi alma, entre la razón y la locura.

Por este motivo, siempre que me adentro en silencio ante un argumento con tintes fuera de lo común, una fotografía enigmática y un sentido emocional oscuro, viajo a otros lugares. Vamos, que intento poner mis cinco sentidos (quizás alguno más) en las imágenes y sonidos que se muestran en la pantalla. Incluso, en otras secuencias que no se enseñan, que así se moldean en nuestra conciencia.



Lost River dirigida por otro pretendiente a ocupar el altar de los grandes surrealistas cinematográficos, sencillamente, se alimenta de alguno de sus vaivenes de conciencia,  como estimaran los grandes genios de la pintura, como Dalí, Picasso o el color y dramatismo de Vincent van Gogh. El utiliza la luz y la gama de colores en tonos fríos, oscuros o simplemente, neón.

En el cine, otros consiguieron escalar a la cumbre del desvarío y la enfermedad mental, aquí mandan Buñuel, David Lynch, o Ingmar Bergman sumergiéndose en las sombras de la psique. Gosling intenta parecerse a ello, cosa sumamente respetable (yo lo intentaría también), pero queda a merced de unos rápidos peligrosos y solitarios.
 
Toda obra que frecuenta el surrealismo, se enfrenta a la percepción de cada mente.

Indudablemente, cada espectador tendrá su visión u opinión, pero no es el único. En la actualidad, otros directores encabezan una nueva generación de proclives a difuminar los encuadres y ensanchar los márgenes del visor, para intentar crear mundos en nuestra cabeza, construir para luego destruir, y de las ruinas aparezca la salvación en forma de maestría.

Entonces, creo que es demasiado pronto para izar o despellejar sus intenciones, Gosling toma prestadas referencias como todos los demás, encauzar la visión de un director (reconocido en sus labores interpretativas) que comienza en esos extravíos mentales de la confusión, detrás de la lente. En su cabeza, difundiendo una idea más o menos acertada.
 
Bien, en mi caso, se ha quedado flotando con un atmósfera difusa.

El mismo Ryan Gosling, declara haber sido atraído (posiblemente abducido) por esta generación que desangra sus habilidades tras la cámara entre lo absurdo o grotesco, y la realidad oculta vangoghniana. ¿Qué se esconde tras tamaño grito? Sueño o verdad, inteligencia o química… Error o Genialidad.

Definitivamente, veo que me he perdido. A mitad de camino, con la mezcla de secuencias aparentemente sin conexión, tapo un ojo con mi mano, para entrever algo más allá, y me quedo como Polifemo. Esperando atrapar algo al vuelo, me voy a otro mundo pero no vuelvo para descifrarlo.
 
Por ello, en su primera película como director, Lost River se queda como intento.

Sólo, he podido destacar su referencia a esa pérdida racional que te mantiene los pies sobre el suelo, hasta que empiezas a sumergirte hacia la profundidad, a la oscuridad dónde no se distingue lo real ni sencilla para el gran público.

Por tanto, cae y cae, hasta que el espectador (o alguien como yo) ya no sabe reconocer si las imágenes están al nivel del guión, o lo absurdo de la historia tiene un sentido, consagrado a lo estético. Cuando lo bello se esconde en la fealdad del mundo.
 
Para bucear en un río oculto, es necesario tener una serie de pautas adecuadas al medio que te enfrentas. Como, cuánto tienes que recorrer hasta perder pie y hundirte, o si posees suficientes fuerzas para volver a la superficie a pesar de los calambres o la pérdida de oxígeno en tu cerebro.

Pues bien, así te encuentras en muchos instantes de la película cuando te falta ese hálito o bocanada oxigenada que reviva tus ideas. Porque los encuentros y desencuentros de sus personajes a la deriva, fallecen en el cabecear buscando la superficie, una isla a la que asirse en forma de futuro.
 
Mientras en la otra vía, subterránea, permanece frecuentada por los tiburones habituales, aquellos reales que permanecen escondidos en busca de una nueva víctima (en forma de desahucio o placer), mientras los pececillos se unen, para aparentar una serpiente o un dragón marino, que nos ayude con nuestros apuros en tierra.

Luego, el banquete de Buñuel, se va convirtiendo en carnicería o fiesta gore, un show de burlesque para públicos vampirizados por lo extraño y el dinero. Creo que al final, el baile entre los diferentes componentes queda como una aventura sin emoción, desnudando nuestro cráneo en una fiesta de médicos forenses. Mientras, Gosling se nutre de algunas interpretaciones interesantes y un guion itinerante, de la propiedad a la sangre, y del monstruo al reptil escupe fuegos sexuales. Desorientación.

Como Lynch perdido en los últimos años, Renf capturado hoy, Dalí desaliñado… Todo se vuelve sumergible, las puertas te abren mundos jurásicos, animales mojados de plexiglás en fantasías de bellas y bestias… hundiéndote irremiediablemente en una corriente de fotografías fijas sin objeto, a veces llamadas por lenguas pretenciosas.

Norte o Sur, arriba o abajo, luz o sombra. Al final, parece que no todo es válido, pero no da igual. ¡Es tuyo!

Unos y otros, miraron con esos ojos de pesadilla entre lo cotidiano y lo fantástico, aunque no comprenden tus excursiones nocturnas, ni los subterfugios de las palabras, ni los elementos disonantes, porque son tuyos. Nada más.

El agua se vuelve demasiado turbia en lo profundo, y las resonancias o luminiscencias aparecen sordas o ciegas. A pesar de su banda sonora conformada por una parte de los autores minimalistas y digitales en Drive.

Ahora, el fango que tira de ti, hacia las profundidades de este río, es gélido y olvidado.
 
En este ámbito de cosas, con el monstruo puesto a buen recaudo o no, para observar la desviación de un individuo y no caer en lo truculento, imaginar algo verdaderamente perturbador, el director madrileño Carlos Vermut consiguió (quizá lo que osaba Gosling) crear la inquietud y el onirismo entre violento y mágico. Hace unos meses pudimos embarcarnos en la misteriosa y mágica chica, que coqueteo con la fantasía y la realidad, como una Alicia más.

Pues, Magical Girl descendió a los infiernos con menos exhibicionismo e historias francamente bien enlazadas, para llegar a trasladar ciertos aires de aquellos genios. Gosling deberá seguir intentándolo, porque es una tarea que se aprehende con tiempo.

Como a mí no me queda más espacio, salvo del ahogo, las interpretaciones y el mundo recreado por Gosling aunque con un guion amarrado de un ancla bastante pesado, deberá aligerar la carga en otros proyectos para que no desaparezca en las profundidades de los tiempos.

Y ese chapoteo no te saca de pobre ni de loco, pues el último aliento de tus labios ateridos musita… de perdidos al río.
También podría haberse titulado: El club de la falsa, o difusa, sangre.
 




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