/ 6 marzo 2021

El Secreto de Adaline y el paso del tiempo

El Secreto de Adaline y el paso del tiempo

Sobrepasar los límites, más allá de la esperanza de vida, es un viejo sueño como la búsqueda de oro de los antiguos pioneros del oeste, que se seguirá intentando en el futuro de la humanidad. Pero, sin duda, aquellos que consigan una edad más avanzada, tendrán que convivir con multitud de achaques y pérdida de facultades, entre ellas la memoria.

Adaline fue una de aquellas mujeres de comienzos de siglo, que nacería ante los auspicios de las grandes construcciones de ingeniería de la edad moderna, y bajo las luces de un invento que multiplicaría los sueños desde una orilla a otra del Atlántico, el retrato en movimiento también llamado cinematógrafo, cruzaría todo el continente americano hasta llegar a la costa del Pacífico e instalarse en la meca del cine. Sin embargo, los recuerdos que refleja son gotas en la mirada de aquella mujer, que creció de manera sorprendente.

La tercera película del director Lee Toland Krieger, The Age of Adaline viaja por aquella época y otras, con una fotografía crepuscular y matizada, que junto al guión recuerda en muchos momentos a El Curioso caso de Benjamin Button de David Ficher, otra especie de Brad Pitt en femenino, interpretado por los ojos limpios de Blake Lively,  que abandona su mortalidad para recordarnos que Peter Pan no quería envejecer, sino volar junto a sus amigos. Pero, los humanos no podían hacerlo, ni volar ni permanecer siendo niños para siempre, así que Adeline «Pan» se siente frustrada y ve como todo se va oxidando a su alrededor, niños y viejos, cosas y mascotas, el cine e incluso las estrellas.

- Advertisement -

Y aquel país, que se construyó en un accidente provocado al otro lado del mundo, un día tormentoso, cayó como un rayo bajo su conciencia y le haría pensar a la joven, de este país de nunca jamás, no se regresa entera. Con su apellido Bowman, mirando a un futuro ilusionante.

Adeline cree que jamás tendrá suerte en el amor, y por eso se rufugia en su propio circo para freaks, donde domina todas las lenguas y conocimientos, hasta que se encuentra rodeada por la soledad y su confidente en la piel de Ellen Burstyn, una especie de madre consejera. Hasta que, como caído por otro rayo de consecuencias funestas, aparece el amor de su vida y otra más allá, que le harán replantearse si merece la pena vivir así, escondida tras un cielo de estrellas luminiscentes y artificiales, o un cometa que se retrasa en el pasado y avanza tan despacio hacia el futuro. Y cuando llegue a su encuentro, algunos habrán muerto y ella, seguirá esperando la próxima vuelta.

Las fotografías, los lugares nunca visitados, la banda sonora de varias vidas, una herida que no se cierra en el momento oportuno, sino que abre otra en el corazón ajado, martirizado por los años.

Cada uno tiene su papel e importancia en una bonita historia, que viaja como un impacto de roca sobre la superficie lunar, y nos mira con una gran ola en la alejada Patagonia, mientras en San Francisco el accidente mató el amor en vueltas de campana, y armó a Adeline de la sorpresa o una hija predestinadas a verso tan solo en cumpleaños, y en Londres huyó de la realidad. Aquello que vemos ahora, pero ya murió hace bastante tiempo, es el alma de Adeline.

Aunque, la ciencia y los descubrimientos médicos, en un golpe de la fortuna o lo contrario, hace que Harrison Ford dé gracias a todos por estar ahí durante cuarenta años. La hija se transforme en la abuela de ellos, el hombre amado siga persiguiendo buques fantasma, las partidas triviales no se eternicen, la música avance respecto a nuestra historia verdadera, Adeline vea su primera cana.

El cine haga de The Age de Adeline, otra vuelta de tuerca a la felicidad con su magia. Y, un cometa pase oportuno a su cita, mientras las estrellas a su alrededor sigan muriendo, una tras otra, hasta el infinito. Os facilito una de mis poesías de cine, por si no conocían esta faceta mía.

La vida, un copo de nieve que se derrite en su boca,
con la marca dibujada al lado de su nacimiento.
Un retrato estrellado en blanco y negro, que te provoca.
Se abre con un lamento y se cierra con hielo en el firmamento,
y renace con la luz del rayo siniestro, que bombea el corazón, 
cuando todo cambia y tu mueca permanezca siempre intacta.
De ese día, en que algo muere y tu apareces más seria,
aunque una sonrisa sincera te persiga, de ella te escondes,
En ceguera permanente, donde no sepan siquiera, tu nombre.
Porque los barcos no navegan y el amor en el fondo se atraviesa.
De la luna a una foto pretérita,
por un cometa que no regresa a la cita,
de cuyo nombre no quiero acordarme.
Pues, quema gélido en el corazón arde.
La herida en su mano, abrió una más grande, 
del conocimiento que es, sólo un voraz gigante.
No se trata de vivir a ciegas, siempre escapando,
si no buscas amor eterno, sobreviene el desencanto.
Hasta que una noche se detenga en tu cara iluminada,
arroje luz de estrellas, tan deseada en su triste mirada.
Y con otros ojos, ames y mueras, viendo la vida con canas.

 

COMENTARIOS

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

ARTÍCULOS RELACIONADOS