Hoy me aproximé a la sala, como otros tantos turistas que en vacaciones atestan los cines en busca del manido entretenimiento. La peli en cuestión es un estreno veraniego de título pretérito de una serie de Warner que en España fue conocida como El Hombre de Cipol, aquí titulada Operación U.n.c.l.e. Durante los años dorados, mejor dicho en blanco y negro, junto a la chica de Cipol y la televisión de tubo catódico a finales de los 60.

Pero, primero he de atestiguar la presencia a pocas filas de distancia de mi butaca, de la típica familia racial (de chanclas y camiseta de tirantes) que entra dejando en la escalera, la sillita de su pequeño vástago de apenas un año.



Imaginaba ya, los pertinentes balbuceos o lloriqueos durante tan excitante proyección, acompañados de los carraspeos filas detrás, las toses convulsas de un pobre señor incapaz de detener el torrente de su garganta, en una emisión desesperada y desesperante, quizá fruto del acondicionamiento polar de la sala.

Para rematar, entre mi asiento y el de mi compañía, las coces y ruidos de absorción de otro infante, éste de unos cinco o seis años, en una película de estas características para adultos. Mientras, sus acompañantes condenan al pequeño, pues no tendrían otra hora ni filme adecuado a su edad, en el infausto horario para él de las 10 y 30 de la noche. No diré más, ¡vaya tela!

Con estos mimbres, se fue deconstruyendo en mi mente esta historia de espionaje entre CIA, KGB y MI5 en total batiburrillo, con los intentos malabares del director Guy Ritchie (que sorprendiera con Lock&Stock o Snatch) otrora atrevido de la moderna generación de autores británicos, y cuyo nombre empiezo a olvidarme a la espera de su King Arthur. Ay. Cada vez más interesado en prodigarse con encuadres para deslumbrar su técnica y una habilidad innecesaria para mí, de jugar con los diferentes idiomas que dominan sus protagonistas.

Aunque, en el comienzo del filme Operación UNCLE, prometiera acción robótica y anticipase el entretenimiento que se iría diluyendo, luego, apoyado por un guion adaptado de Scott Z. Burns (El ultimátum de Bourne, Contagio), con mucho músculo y poca gracia, dedicado a no dejar títere con cabeza entre el telón de acero. Ni espías inteligentes ni gracia (salvo excepciones rebuscadas por la Historia de la 2ª Guerra Mundial) y los ejercicios respiratorio-musculares de sus principales estrellas. Y sus relaciones descerebradas, como un baile moderno con una banda sonora de grandes éxitos de la época, entre lo anglosajón e italiano.

Henry Cavill (cuestionado último Superman) y Armie Hammer (extraño Llanero Solitario), se encargan de enfrentar a rivales irreconciliables, como su altura y sus acompañantes femeninas, retratadas entre la pantomima y la pedantería de sus vestidos de alta costura y los típicos escenarios reconocidos y lujosos. Malvados igualmente caricaturizados, que no sería nada malo si Ritchie hubiera fijado sus intenciones en el recuerdo de otros filmes (dejando un Sherlock a doble velocidad); y la recreación de una vieja Italia tras la caida de Mussolini, que más pareciera un desfile de voluptuosidad y familias dispuestas a destruir el mundo creado bajo la pluma de Ian Fleming, consejero en la antigua serie.

Golpes, más o menos ingeniosos, toses de ultratumba, encuentros sexuales sin chispa, más toses, carreras de vehículos aerodinámicos, otra tos, ojivas nucleares de quita y pon, tos postrera, explosiones… Al final, terminado con una gran patada en la parte trasera de nuestro respaldo, bajo la voz infantil que pregunta: ¿Papá ha muerto?

Maldición, malditos roedores de chuches, mejor dicho, padres con poco tacto para introducir a sus pequeñuelos a películas inadecuadas, por otras más afines a su temprana cinefilia y la comprensión de sus vecinos, espectadores incomprendidos, como su paternidad.

Por cierto, a Hugh Grant ni se le nota, ni se le espera. ¡Buenas Vacas!




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