Si estuvieramos hablando del juego, muy norteamericano, del béisbol, esto sería como un lanzamiento perfecto. Ahora bien, el cine es un arte universal que intenta captar todas las miradas posibles, al igual que el mundo de la canción, sugiriendo diferentes estilos para llevar a mayor número de individuos, como un género definido por Wilson Pickett o Bobby McFerrin que pusieron de moda los ritmos a capela, ya usados por monjes en el siglo X.

Tratándose de la segunda entrega de un éxito inesperado, podríamos considerar a Pitch Perfect 2 como una entonación lastrada y fallida de la primera. Si bien esta anterior hacía gala de cierta novedad y sentido polifónico cubierto de sonrisas sorpresa, ahora nos hallamos con un subproducto industrial y prefabricado, que se identifica por el hastío más que por la hilaridad o la provocación, con que nos acompañaron en el pasado sus jóvenes intérpretes.



En Pitch Perfect 2, todo ha mutado a una especie de monstruo irreal, semejante al nivel que se adecúa a un hundimiento vocal nada gradual, todo lo contrario. Se marcha a pique a los primeros compases, cuando se cambian los escenarios divertidos y los gags, por elaborados espectáculos televisados y los chistes se vuelven más zafios, en dirección contraria, diríamos también ilusos como [email protected] [email protected] [email protected] por las hormonas, que les trastornan los registros vocales y las percepción del mundo. Vamos que simulan un grupo de niñ[email protected] engreí[email protected] y petulantes, en busca del éxito. Y sólo se encuentran con un bajada de pantalones descomunal, y floja como un falsete.

Ocurre también que el directora ha cambiado, de Jason Moore (a falta de estrenar su último filme Sisters) a Elisabeth Banks dista la distancia de una cara de póker con un director que lleve la batuta, solamente entona algún número musical, que no justificaría esta exhibición gratuita de despropósitos. En cuanto a la letra, mejor sería cantar a coro en un concurso en Dinamarca, que un guion adaptado a la música, para entretenerse en desmadejar algún atisbo de brillantes escrito. Y respeto a la música queda silenciada ante la cursilería de los diálogos intercalados, destinados a ser olvidados, uno y otros.

Por último, sus protagonistas que siendo las mismas anteriores, el lavado de imagen y de cerebros ha resultado tan patético que sus andanzas personales, en el caso de Anna Kendrick y Hailee Steinfeld (Begin Again, El Juego de Ender) perdidas, o las del conjunto, padecen de todos los males que no quisiéramos ver en los jóvenes que se propongan dedicarse al oficio de actor. No creo que sea por [email protected], sino por las situaciones ridículas a las que otros han sentenciado. Como almas en pena, con atribuladas aventuras y vocces como un coro de zombis en huelga, por falta de cerebros.

Es decir, otro espectáculo efectista, más televisivo que divertido, desde luego diría: «Ball Out».




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