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Una producción de Warner rodada en Bulgaria, con reparto de ilustres rostros y adaptación de la obra de Edgar Allan Poe «El sistema del Dr. Tarr y el profesor Fether» por el guionista Joe Gangemi (Escalofríos) y una dirección de Brad Anderson (Session 9, El Maquinista), que va perdiendo su identidad inicial por proyectos demasiado televisivos y efectistas, como su anterior y fallido trabajo The Call.

¿Qué referentes podemos ver en El Manicomio de Eliza? Pues, claramente por el título y la época, una historia que se desarrolla dentro de los parámetros de la medicina moderna incipiente, más concretamente en el ámbito de la enfermedad mental. Una relación del Romanticismo, que deja algunas dudas por falta de barroquismo amoroso, fatalidad y, posiblemente, escasez de encaje sexual de la pareja protagonista. Interpretando a Eliza, una Kate Beckinsale poco pasional y Jim Sturgess más aficionado a los juegos con el cerebro.

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Complementan este manicomio de brillante fotografía, seleccionada producción artística y exquisita figuración, un parte del cine británico de primera magnitud, con Brendan Gleeson en pequeña aparición. Tres actores con una carrera curiosa como Jason Flemyng, Sinéad Cusack o Christopher Fulford. David Thewlis en pérdida de razón, y Ben Kingsley frente a Michael Caine. Podrían haber saltado chispas… dos grandes.

Pero, todos estos factores y atractivos deberían confluir en un resultado con mayor vocación de permanencia en la mente del espectador. Interpretaciones desiguales en una obra que se aleja del cine de culto para ofrecer una atmósfera más visual y cerebral. Es decir, busca el preciosismo en los planos perdiendo el norte decididamente atractivo, como el barroquismo y la estructura romántica al uso.

La actuación en determinados momentos dramáticos, se vuelve espesa o excesivamente forzada, y la teatralidad se pierde por una acción atropellada en los instantes más turbulentos, a pesar de la calidad de los actores y la medida producción en aspectos técnicos.
Porque vestuario y escenario escogido para el rodaje, producen el efecto estético deseado e inquietante de la época en cuestión, mas el guion tiene algunas goteras por las que se evacua la intensidad de los personajes, no del todo convincentes y se acumula un desapego creciente por ellos.

Brad Anderson se decanta por establecer unas pautas o automatismos en el suspense, que se preocupan poco en indagar en el interior de la psiquis o enfermedades mentales. Ni tampoco explicar detalladamente el reconocimiento de una medicina primitiva que peleaba con los escasos recursos científicos y del conocimiento general de la mente. Experimentos contraproducentes con opciones médicas bastante deficientes técnicamente y, por tanto, poco  o eficaces.

En segundo lugar, decepcionante, un supuesto romance entre los protagonistas principales que deja el corazón frío frente al espectador, sus devaneos no traspasan la pantalla y el clasicismo desaparece con la caricatura de diferentes elementos o personajes a su alrededor.

Preocupado por mantener el nivel de la interpretación, la historia se vuelve confusa y atropellada, tomando una vertiente de doble personalidad que va y viene sin demasiada justificación. Donde confundiremos la maldad con los valores éticos de un profesional médico, lo locura por unos actos borrosos en el tiempo, un depredador poco detallado, una heroína sin entidad dramática, y al final, un héroe que explica el extraño sentido de sus decisiones y el enconamiento emocional.

En definitiva, una representación del infierno y cielo de Dante Alighieri que hubiera funcionado mejor con mayor dosis de surrealismo enfermizo al estilo de Martin Scorsese en Shutter Island o los primeros trabajos de Anderson en el cine. Con Kingsley y Caine en las mejores escenas, convertidos en divinidades que rigen el destino de sus ´pacientes` y recorriendo un mismo camino en sentido inverso. Quizá lo mejor del filme en el interior del Stonehearst Asylum.

Qué interesante hubiera sido verlos enfrentados con las mismas armas y facultades, en una lucha por infundir el respeto de su ´ciencia` y doblegar la del supuesto especialista. Adentrándose sucesivamente en el terror de la pérdida funcional de la razón, en lugar de centrarse en la caricatura, resoluciones apresuradas con resortes dramáticos poco convincentes o un convencionalismo de la producción más interesado en la estética que en la ética o la literatura. Es decir, la ligereza del efectismo argumental y la despreocupación por el denso misterio.

Creo que Brad Anderson ha perdido una buena oportunidad de reencontrarse con el público de hace un tiempo, pues ha barajado todas las cartas y el resultado ha salido desequilibrado.

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