Desarrollando la idea consistorial de adoptar como barrenderos a los universitarios, deberían dedicarse a quitar hierbajos y recoger hojas caídas de los árboles caducos quienes cursaran estudios en Biológicas; retirar papeles de publicaciones diarias los futuros periodistas, ocuparse desde Veterinaria de los excrementos caninos…

Y siempre evitando, para sensibilizar mejor, cualquier herramienta, mecánica o manual, salvo la socorrida escoba que anhelaban los Sírex (ver vídeo) y tantas alegrías ha proporcionado a J.K. Rowling a través de Harry Potter, quien, por cierto, sería idóneo para invocar la magia sin polvos que, según parece, precisa la capitalina limpieza viaria.



Para los emprendedores con más aspiraciones (ICADE, MBA y similares) se podrían destinar las ruidosas sopladoras para residuos depositados en zonas de difícil acceso, donde no pueden penetrar las grandes máquinas.

Y al baldeo de agua sobre calzadas y aceras para arrastrar desperdicios a los sumideros se dedicarían, encantados, los ingenieros aeronáuticos, que de otro modo nunca apreciarían cuánto sudor riega el brillo de esos refulgentes fuselajes que surcan la galaxia.

La iniciativa, además, se podría completar con otras tareas afines que enfatizarían las virtudes de este juvenil proyecto por la sensibilización social. Por ejemplo, aprovechando estudiantes para regular el tráfico… incluso en la novedosa función de semáforo-humano, señalizando con ecológicos cartelones por el día y multicolores linternas de bajo consumo durante la noche.  
Y en los atascos, un servicio UAC.

Universitarios A Caballito sobre los cuales trotaríamos a horcajadas aprovechando el excelente carril-bici de Madrid.

Piénsenlo bien: podríamos prescindir hasta de las bicicletas eléctricas municipales. Evitaríamos los pedales y se amenizarían los trayectos con interesantes conversaciones con los/las estudiantes, siempre que aflojáramos el bozal para quitar de su boca y colgarles al cuello nuestros bolsos y maletines de piel.

Y así, a la “ética de la limpieza” que defiende con su  desconcertante pensamiento lateral nuestra alcaldesa se sumaría una “ética del traslado”, que también mola.

Ciertamente, desde el entorno de Manuela Carmena se ha matizado que su propuesta surgió “en el contexto de un encuentro universitario” y que no anticipaba ningún plan concreto. En otras palabras, que el dislate solo debe juzgarse como una puñetera apostilla de abuelita solidaria…

Son, sin embargo, declaraciones públicas de la presidenta del Gobierno municipal de Madrid; y desde tal cargo se asigna, como todo el mundo sabe, la máxima repercusión mediática al mínimo comentario. De manera que, para la próxima, nuestra icónica alcaldesa debería de sopesar con más cuidado cualquier nimia sugerencia, por ocurrente y perspicaz que le parezca.
Justo es reconocer que Manuela Carmena suele tomar sus decisiones tras conversar con los afectados, pero sin duda esta vez, para su “política de botellón”, eligió el peor momento: nunca debió consultar en flagrante estado de ebriedad a los sujetos.




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