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Se equivoca Pablo Iglesias creyendo que las biempensantes mentes convencionales avalarán con sus decisivos votos los denodados esfuerzos que prodiga para atemperar el discurso de PODEMOS. Ningún flirteo con los señores del poder, ninguna cortesana concesión, ninguna conducta ejemplar ni burguesa continencia servirán para que sea aceptado como uno de los suyos. Ni de coña.

Definitivamente perdida la batalla electoral en ese frente, no debería romper la hoja de ruta esbozada en Vistalegre descartando al sensato líder de Izquierda Unida, por mucho que pese, y pesa, la mochila de Alberto Garzón. Su contribución, muy al contrario, tendría que enfocarse hacia una verdadera suma de voluntades, con esa sopa de siglas en la que sólo los comunistas de pata negra pueden poner el hueso del jamón. Porque sin ellos queda una formación demasiado difusa, con la única insignia de una regeneración política cuyo traje le cae como la seda al entusiasta pijerío de Albert Rivera, que tiene una planta estupenda, viste como debe, habla muy bien, parece de fiar y no lleva coleta.

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De manera que la unidad popular que se pretende no puede ignorar la geografía política donde se dirime el controvertido conflicto de intereses.

Y también sorprende que, hasta el momento, no haya incorporado Pablo Iglesias la Economía del Bien Común a su discurso. Porque con su innovadora propuesta el activista Christian Felber plantea la más lúcida alternativa a los vigentes sistemas económicos, de probada inoperancia, como se ha comprobado.

Felber se ha convertido en el maquinista de una locomotora que llega con promesas de auténtico cambio y un nuevo orden, cuyo radicalismo reside en la coherencia, tan lejos del “tea party movement” como del modelo marxista.

Y, supuestamente, PODEMOS coincide con su filosofía.

Ensangrentadas de forma trágica las próximas Elecciones Generales por los atentados “yihadistas” en París, y aceptando que el pánico influirá en el signo del voto, se debe exigir, no obstante, un posicionamiento valiente a Pablo Iglesias, sin miedo a las consecuencias que pueda acarrear la palmaria definición de su candidatura.

Lo cual requiere reconocer, cuanto antes, quiénes son los compañeros de viaje y quiénes-dónde-cuándo-y-porqué los enemigos.
 

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