Tejas Verdes, el texto firmado por Fermín Cabal, se representó por primera vez en Madrid en el año 2005 aunque previamente se representó en Badajoz, en 2004 y, posteriormente, ha pasado por teatros de Londres, Nueva York, Sao Paulo, París, Buenos Aires o Atentas entre otros muchos.

En septiembre de 1973, en los primeros momentos del golpe de estado de Pinochet, que acaba con el régimen democrático en Chile, auspiciado por el gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica, una joven a quien llamaban Colorina desaparece tras ser internada en el centro de torturas de Tejas Verdes, un antiguo balneario para la tercera edad.



Veinticinco años después, en 1998, momento en el que se sitúa la acción de la obra, el juez español Baltasar Garzón solicita la extradición del General Pinochet al gobierno del Reino Unido, por crímenes contra la humanidad.

En el sumario de esta causa penal, el caso de Colorina es revisado a la luz de los testimonios de personas que la conocieron, familiares, amigos, la doctora que la atendió durante los interrogatorios, la funcionaria del cementerio de Santiago donde fue enterrada, y la abogada del general Pinochet.

Charlamos con Fermín Cabal coincidiendo con la vuelta de Tejas Verdes a Madrid, en esta ocasión al Teatro Victoria, protagonizada por Isabel Torrevejano, María Segalerva, Nagore Germes Alfaro y María Felices, de la mano de Kukumarro Producciones.

Tejas verdes toma su nombre de un centro de detención y tortura de la dictadura chilena, en un texto que incorpora testimonios e informaciones reales. ¿Por qué Tejas Verdes?

Empecé a pensar en esta obra a raíz de la petición de extradición del General Pinochet que cursó el juez Garzón al gobierno de Margaret Thatcher. Me di cuenta de que estas barbaridades que habían pasado en Chile no nos eran ajenas. Que también en España, a pequeña escala, habíamos tenido una guerra sucia desde el Estado, con detenciones, secuestros, torturas y asesinatos y que  además la memoria de la guerra civil se estaba desvaneciendo y era preciso recordar los errores del pasado para no volver a cometerlos.

En España sabemos mucho de tortura y dictadura. Pero aunque en realidad es una historia reciente y no tan lejana, ¿se nos está olvidando?

Creo que la sociedad española en un primer momento ha querido enterrar el pasado, pero por suerte ha reaccionado y hemos tomado conciencia de que la memoria histórica es muy valiosa.

¿Qué pasará cuando haya muerto el último familiar directo de las víctimas?

Habrá nuevas víctimas. Ya las está habiendo. Las víctimas no faltan en la prehistoria de la humanidad, que es lo que aun estamos viviendo.

Junto con otros compañeros y artistas que se hacen eco de la transición política, formas parte de eso que llamamos «generación perdida». Vaya mochila…

Las personas que tenemos una edad parecida, lógicamente, compartimos muchas cosas, experiencias, afectos, melancolías… pero yo hoy me siento muy cómodo con la gente joven y creo que en España hay un potencial humano extraordinario.

Hay muchos textos en el teatro actual que, aunque representados, no pasan del estreno.  ¿Se pasa hambre o se vive bien escribiendo?

Yo no escribo por dinero, aunque la verdad es que me ha ido bien profesionalmente y no puedo quejarme. Pero creo que es un error aspirar a ser un guionista profesional. Yo lo he sido durante 30 años hasta que un día me dije: no me compensa. Y ahora vivo de otras cosas y soy mucho más feliz.

¿Que es lo que falla?

El modelo de sociedad. El modelo teatral refleja el modelo social: culto al éxito, identificado con el dinero, competencia feroz, en consecuencia envidias y sálvese quién pueda. Yo aspiro a que poco a poco creemos una sociedad más justa.

Como vicepresidente de la SGAE has conocido de primera mano los desagües de la gestión de la cosa pública y los conflictos de los intereses creados…

Sí, algo bastante repugnante, pero para mí una buena experiencia. Donde hay mucho dinero es como un estercolero: lo hediondo florece en su esplendor. Pero debo decir que los golfos y las golfas son siempre una minoría. Una minoría activa  y voraz, despiadada y contaminante, pero afortunadamente el cuerpo social genera sus defensas y puede hacerle frente.

Nada que, por otra parte, no conocieras ya tras de tu etapa de activismo político en el entorno del primer socialismo.

Es verdad que en este momento, con el debilitamiento del bipartidismo, vivimos una especie de fin de régimen muy esperanzador, similar en cierto modo a la ilusión que generó el 82. Ojalá que esta nueva oportunidad se aproveche mejor y no nos decepcione como la trama criminal del felipismo con su lodazal de robo, corrupción y asesinatos, que ha sido la página más sucia de la democracia española.

Hasta que llegó Felipe González. ¿Es cierto que te ofrecieron ser Ministro de Educación?

Rotundamente falso. He dejado siempre claro que la política profesional no me interesa.

Tejas Verdes recuerda que Felipe González, cuando Garzón procesó a Pinochet, defendió la inmunidad del jefe de estado incluso ante crímenes contra la Humanidad. ¿Qué tienen los poderosos en la cabeza?

Soberbia, ambición y, a menudo, maldad.

Desde el 73 estás dando guerra, ¿no te cansa tanta lucha?

No tengo la sensación de dar guerra, y  la verdad es que soy más bien vago por naturaleza. Eso sí, soy un bocazas y no he aprendido a callarme. Nadie es perfecto.

¿Existe un estilo cabaliano?

No creo. Y si lo hay no soy consciente.

Con Ángel Ruggiero, excelente pedagogo y fundador de Cuarta Pared, tuviste una relación personal y laboral brutal. Siempre recuerdas que de no ser por Ángel hubieras dejado el teatro… ¿Qué hay en tus obras actuales de Ángel?

Ángel me ayudó mucho en un momento en que yo empezaba a tomarme en serio el teatro. Le debo muchas horas de clase y siempre le estaré agradecido.

¿Qué te hubiera gustado tener ocasión de compartir con él teatralmente hablando?

Me hubiera gustado seguir trabajando juntos. Creo que hacíamos una buena pareja creativa, que nos complementábamos un poco y como además nos queríamos todo era muy agradable y lo pasábamos bien.

¿Cuál es la próxima batalla?

Yo vivo en paz conmigo mismo y con mis semejantes. Es verdad que, como soy bastante chulo, tiendo a creerme en posesión de la razón hasta que me tomo un Lexatin. Seguiré criticando, debatiendo, y dando el coñazo mientras el cuerpo aguante, pero no me gusta la guerra y procuro no olvidarme nunca de que la más miserable rata peluda es un ser humano.  Mi semejante.




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