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Seguro que has estado mil veces de cañas, tapas o paseo por este famoso barrio de los Austrias, has caminado, paseado y hasta te has pedido por sus callejuelas y no te has percatado de una de las joyas neoclásicas que se oculta en el corazón de La Latina: el Jardín del Príncipe de Anglona.

El Jardín del Príncipe de Anglona se encuentra en la Plaza de la Paja y actualmente está abierto al público. Desde 1978 es propiedad del Ayuntamiento de Madrid, pero tanto el jardín como el Palacio guardan siglos de historia. Hoy día es uno de los pocos jardines nobiliarios del siglo XVIII que se conservan.

A este lugar se le otorga la denominación de estructura colgante ya que está levantado sobre un terraplén artificial para salvar el desnivel entre la Calle de Segovia y la calle Príncipe de Anglona.

Es fácil que pase desapercibido ya que se encuentra protegido por altas tapias y celosías cubiertas de vegetación en la parte baja de la plaza. Se accede por una puerta pequeña por la que, aún estando abierta, uno no sabe si pasar o no.

La historia de este conjunto ajardinado se vincula a la del palacio, edificio construido en 1530 como residencia de Francisco de Vargas, consejero de los Reyes Católicos y Carlos I.

El Jardín y el Palacio recibieron este nombre porque uno de sus habitantes más ilustres fue Pedro de Alcántara Téllez-Girón y Pimentel, príncipe de Anglona y miembro de la Casa de Osuna, que destacó como militar en la Guerra de la Independencia española, además de dirigir el Museo del Prado y la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

El jardín tal y como lo conocemos hoy fue un encargo de los Marqueses de la Romana, que previamente habían comprado la propiedad al heredero del príncipe de Anglona, a Javier de Winthuysen en 1920. Famoso pintor y diseñador de importantes jardines en toda España como los de la Moncloa o el Palmeral de Elche. La última reforma se produjo en 2002.

Estructurado a partir de un parterre, sus caminos de geométricos trazados de ladrillo aparejado a sardinel y bordillo de granito se cruzan perpendicularmente dando lugar a cuatro cuadrantes potenciados por el dibujo de los setos. Luce fuente central, dos pérgolas y un cenador de hierro.

Sin duda, una maravilla en el centro de la ciudad, donde desconectar y dejarse cobijar bajo su sombra formada por la frondosa vegetación de granados, kakis y almendros entre otros,  que nos trasladan al Romanticismo, aunque eso sí, con ciertos toques árabes.

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