Los cuatro errores de Pablo Iglesias

Atiza Pablo iglesias la envidia: error primero.

Envidia de propios y extraños, que bien mirado son los mismos en ocasiones así. Pone la primera piedra de una desconstrucción definitivamente próxima.

Aspira a papá dominguero, ansioso por coger la pala… pero de pádel: segundo error, porque en La Navata ya estarán formadas las parejas como conviene y, atareado en el cuidado y la educación de los hijos, tampoco parece que vaya a disponer de tiempo suficiente para el ocio, salvo si aceptamos “atasco” como afición recreativa.

Sobre todo, considerando que inculcar sus valores desde la hamaca, en la piscina, exigirá un enorme esfuerzo para transmitir las bondades del materialismo dialéctico a los críos, los cuales, ya se sabe, creen que la realidad es lo que ven, sin reparar en esas grandes ideas que podrían cambiar el mundo, de ser posible su aplicación.

Contradice, ¿por amor?, su proyecto personal anticapitalista: error tercero. Y no vale advertir que con su ejemplo pretende una sociedad en la que todos dispongamos de amplios chalecitos cerca de las montañas.

Se hipoteca: cuarto error. Y no por rendir a la Gran Banca su destino, que ésa es la historia de España, sino al reconocer que espera atornillarse al escaño y mantener sus remunerados mensajes mediáticos, de repente tan paradójicos.

Acierta, sin embargo, en la casa para los invitados, donde probablemente podrá celebrar muchas asambleas de los círculos de Podemos después de la estampida que se prevé, camarada.

La decepción, en fin, es enorme, pues delata unas intenciones que no concuerdan con ninguno de los discursos proclamados hasta ahora por el líder de una izquierda alternativa que en su caso tiende, con pésimo gusto, al “radical chic” señalado por Tom Wolfe (RIP).

En cuanto al plebiscito, ayuda poco.

Ya puestos, un crowdfunding molaría más.


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