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El despertador acaba de sonar, ya son más de las siete de la mañana. Otra vez lunes, otra vez vuelta a la rutina. Te asomas al balcón y ves que el bar de enfrente ya está levantando la persiana y que incluso hay que gente que se apresura en dirección a la boca de metro. Es temprano, pero se entra pronto a trabajar. Ha llovido de madrugada y hay charcos en la acera.

Desayunas, te duchas, te cepillas los dientes. El hilo musical de estas tareas ha sido la radio, no sabes muy bien qué emisora es, pero sí que están hablando de política. Mientras te vistes vuelves a asomarte por la ventana. A los adultos que se dirigen a sus puestos de dependientes, administrativos u operarios de fábrica se añaden los que van acompañados de sus hijos, camino del colegio. El volumen del ruido en la calle va en aumento. Es lunes.

Cada minuto que pasa hay menos sitio para aparcar. Los comercios no van a tardar en abrir y los propietarios ya han llegado, muchos de ellos en coche, ocupando las pocas plazas de parking que hay. Entonces piensas que esta tarde te toca hacer compra, tienes que mover el tuyo y que no sabes cómo lo tendrás dejarlo cerca de casa al regresar. Y toca llevar muchas bolsas, que la nevera se ha quedado temblando después del fin de semana.

No sabes si estrenar los zapatos que te compraste el viernes en rebajas. Contabas con ello, pero el chaparrón de antes de amanecer te ha hecho dudar. Finalmente cambias de opinión y te pones esas zapatillas de deporte viejas que te han sacado de tantos apuros. Ya con los cordones bien atados echas un último vistazo al exterior, con el filtro del cristal de una ventana que está pidiendo ser limpiada. Todo es normal. Todo es como cualquier lunes.

Un primer día de la semana que comienza de la misma forma en el Paseo de la Castellana que en Passeig de Gràcia. Una rutina que nos hace más parecidos de lo que pensamos. Unos lugares comunes que nos identifican y que nos unen. Unas preocupaciones, unos problemas y unos sueños que se perciben y se afrontan de la misma forma desde cualquier balcón de Madrid o Barcelona.

Hace ya demasiado tiempo que la cuerda está tensa, y una vez más parece a punto de romperse. Pero siempre queda ese hilo que une las dos partes, recordemos, de una cuerda que es exactamente igual por los dos extremos. Aferrémonos a ese hilo, y trabajemos para que cada vez sea más grueso y vuelva a unir férreamente a los dos lados. Porque si se rompe es posible que, igual que en el juego, los que están tirando con tantas ganas para derrotar al otro acaben perdiendo. Y haciéndose mucho daño.


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