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En la semana de presentación de todas las novedades del Mobile World Congress en Barcelona (sin Uber ni Cabify, pero con mucha política mezclada y desplantes varios) y en la que hemos conocido que hemos superado ampliamente la barrera de los 5.000 millones de líneas móviles en el mundo, me reafirmo aún más en continuar con uno de mis propósitos para este 2019: “desintoxicarme” de mi smartphone.

Vaya por delante que no es un alegato contra los avances en tecnología ni contra la forma en la que dichos dispositivos nos ayudan en el día, sino en lo invasivas, en todos los sentidos, que son estas “pantallas inteligentes”. Hablaré en primera persona, pero estoy convencido de que este artículo podría firmarlo cualquier lector. Eso sí, me permitiré hacerlo en pasado porque, al menos de momento, sigo firme en mi determinación de dejar esta droga.

El primer sonido que oía al despertarme era el de la alarma de mi Iphone. Apagarla significaba, como no, echar un ojo a la prensa, consultar mis redes sociales y quizá ver alguna futura compra en Amazon. Todo ello después de haber comprobado cada una de las notificaciones que te avisan de “lo importante” y de cerciorar (aunque sin aplicarme el cuento) que poco podía haber pasado en el mundo entre las doce de la noche y las siete de la mañana.

Al salir de casa, auriculares y música en Spotify. Y de nuevo consulta de Twitter e Instagram, preguntándome si me he perdido algo en cuarenta minutos. Supongo que sabéis la respuesta, ¿verdad? Un bucle que se alargaba durante toda la jornada, desbloqueando el teléfono y entrando en aplicaciones de manera compulsiva, muchas de las cuales había consultado escasos segundos antes. Y ya no incluyo WhatsApp, Telegram, Messenger…

En realidad, no somos conscientes de la cantidad de horas que llenamos al día, a la semana, al mes, enganchados a este compañero inseparable. Algunas de ellas productivas, desde luego, pero la mayoría, y no son pocas, arrojadas a la basura. Apple ha desarrollado para sus dispositivos una aplicación con la que puedes conocer cuánto tiempo dedicas a mirar tu Iphone o Ipad. Yo hacía una media de cinco horas diarias. No parece mucho. Hasta que lo multiplicas por los 365 días que tiene un año.

Se nos ha olvidado disfrutar de un paseo en barca por el lago del Retiro a no ser que subamos la experiencia (con varios filtros y emojis) a nuestras stories, y hemos dejado de leer libros, revistas o simplemente dormirnos, en nuestros viajes en Metro. Os animo a echar un vistazo a vuestro alrededor en vuestro próximo viaje en el suburbano (o en cualquier medio de transporte público, da igual), y que calculéis cuánta gente tiene la cara iluminada por la luz blanquecina de su móvil. Si hay menos de un setenta por ciento es casi un milagro.

Esta dependencia ha añadido un componente brutal de ansiedad desde diversos puntos de vista. Muy poca gente sería capaz de no dar la vuelta si se da cuenta de que se ha dejado el teléfono encima de la mesa, ya que es inconcebible estar alejado, aunque sólo sea durante unos minutos, del universo de la hiperconectividad. Otra prueba: fijaos, en la parte de las cintas, bicicletas estáticas…, de un gimnasio, cuánta gente tiene su smartphone al lado. Todos y todas. No vaya a ser que en los veinte minutos que dedican a hacer ejercicio les llegue un mensaje de vital importancia.

Y tampoco es menor la desazón que genara saber que tienes TODA la información del planeta en la palma de la mano y que no la estás consultando. ¿Habrán activado el protocolo de contaminación? ¿Qué está pasando en Venezuela ahora mismo? ¿Será Isco suplente otra vez? Tenemos tantos datos que acabamos por trivializarlos, necesitando saber de manera inmediata cualquier cosa que nos ronda por la mente o nos preocupa, y olvidándola en cuanto encontramos algo que lo sustituya.

Yo era de los que miraba el móvil mientras comía, sólo o acompañado, ignorando lo que había a mi alrededor. Era un maleducado. Estaba con el mono. No digo que sea fácil, y en muchas ocasiones te dan ganas de recaer, sobre todo cuando ves que te suena una alerta y sólo tienes que tocar un botón para que se vaya la angustia. Pero creo que ahora soy más feliz. O al menos me ilusiona pensar que me despertaré con mi Casio de los años noventa, que escucharé la radio al desayunar, que hablaré con el de al lado en las sobremesas y que pasaré las páginas de un libro de camino a la oficina sin echar de menos mi antigua vida digital.

Sé que me desintoxicaré.


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