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El Museo del Prado, el Palacio de Comunicaciones, la Torre Picasso, la Real Casa de Correos, la Almudena… Si preguntan a cualquier madrileño por los edificios más emblemáticos de nuestra ciudad, estos cinco estarán sin ninguna duda en el top ten de todas las listas. Todas estas maravillas forman parte del Skyline de Madrid y gracias a las mismas somos reconocidos como una de las grandes urbes más bellas del mundo. Pero, más allá de estas protagonistas indiscutibles de las postales, hay decenas, cientos de construcciones que son particularmente singulares y de las que sabemos muy poco.

El edificio principal de la Facultad de Ciencias de la Información es una de ellas. Una mole de hormigón visto con una intrincada red de pasillos que fue bandera de la arquitectura ‘brutalista’ en España, una corriente heredera de Le Corbusier o el racionalismo de los países socialistas que contó con cierto éxito durante las décadas de los setenta y los ochenta del pasado siglo.

Mismo estilo que tiene la iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Filipinas, levantadas a finales de los años sesenta de la anterior centuria por el arquitecto Cecilio Sánchez-Robles Tarín y que continúa siendo una injusta incomprendida pese a su enorme valor arquitectónico.

Las Torres Blancas, en la Avenida de América, parecen un sueño daliniano. Una inmensa columna de 23 pisos y ochenta y un metros de altura plagada de cilindros distribuidos sin aparente criterio que domina una de las salidas de Madrid y que es visible desde muchas partes de la villa. Sáenz de Oiza, el arquitecto, ganó el premio de la Excelencia Europea en 1974 por este majestuoso elemento de vanguardia que ponía color a una metrópoli hasta entonces en blanco y negro. Y, sin embargo, inexplicablemente esta obra de arte pasa desapercibida ante los ojos de los miles de personas que cada día pasan a su lado

Del mismo modo que ninguna cabeza se gira para admirar la gasolinera Gesa, en pleno Alberto Aguilera, diseñada por el arquitecto Casto Fernández-Shaw en 1927, y considerada como uno de los elementos clave del racionalismo español y de la adaptación a las edificaciones patrias de las principales corrientes vanguardistas europeas de la época. Pese a que en el año 1977 se decidió de manera absurda derruirla parcialmente, en 1996 se reconstruyó de nuevo tal y como se levantó en su origen, mostrándonos esta joya en todo su esplendor. Pero, ¿cuántos de vosotros habéis repostado en sus surtidores decenas de veces y ni siquiera habíais reparado en que no es como la estación de servicio que podéis encontraros en cualquier carretera?

Y esto son sólo cuatro ejemplos. Pero, tal y como señalaba al principio del artículo, son cientos los inmuebles, viviendas, monumentos… que se encuentran “ocultos”, encerrando una fascinante historia y que están ahí, en pie, esperando a que alguien los incluya en una guía de Madrid para comenzar a figurar entre los imprescindibles en cualquier visita a la capital de España.

Aunque, quien sabe, probablemente sea mejor que sigan permaneciendo alejados de los objetivos de las cámaras de fotos. Así, nadie más sabrá que tenemos un patrimonio cultural mucho más rico del que pensábamos y podremos seguir paseando tranquilamente y sin masificaciones por el prodigio Art Nouveau de la Colonia de la Prensa.


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