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Trabajar en comercio en la capital. Echarse las manos a la cabeza.

Raro es cruzarte por Madrid con un veinteañero o, si me apuras, treintañero que no haya trabajado en comercio. En los años tan difíciles que vivimos el comercio es el trabajo más factible tanto para los graduados como para los ninis.

A veces es un trabajo que te provoca querer tirarte por la ventana y a veces es un trabajo que te llena. Todo depende de con quién te cruces. A veces tiene ventajas y a veces inconvenientes. Ser vendedor en Madrid es romper con horarios, con rutinas y con planes. Es romper, romper con lo típico, romper con TODO.

Trabajar en comercio en Madrid implica descubrir la variedad de la vida. Gente de todas las razas, de todas las estaturas, de todas las clases sociales, de todas las edades, de simpatía selectiva y de belleza extraordinaria… Implica trabajar entre semana y fines de semana, implica tener que improvisar idiomas que ni sabías que existían. Pero, a veces, no es tan malo. Salir al descanso con el cartel de Schweppes en frente, con auténticos artistas cantando en la calle, con la decoración de Navidad o con La Cibeles de camino, son privilegios. Así como tener La Mallorquina a un paso y merendar todas las semanas la mejor palmera de chocolate de Madrid.

Trabajar en comercio en Madrid es llevar la vida al revés. A la hora que unos se acuestan, otros salen de trabajar. El día que todos remolonean en la cama, tú entras por la puerta de la tienda. Es perderse las tardes de celebración de los sábados y el aperitivo de los domingos, algo inmoral, por cierto. Pero es convertir en especial la noche de un miércoles. Ir a La Latina a tomar algo y liarte sin remordimiento. Irte de escapada de lunes a jueves mientras los demás trabajan. Es librar un martes y pasear por Sol sin aglomeración, el gran privilegio. Podemos decir que librar entre semana es como entrar al Primark de Gran Vía y no esperar cola, la misma sensación.

Trabajar en comercio en Madrid implica tener casa en toda España. Siempre habrá un compañero de Granada, otro de Asturias y el típico de Canarias, que no falte. Implica, también, descubrir en los clientes personas maravillosas. Esos que agradecen tu ayuda como si el mundo les acabaras de descubrir. También es vivir aventuras surrealistas. Típico cliente que te devuelve el ticket con su número de teléfono, el cual a lo mejor una tarde paseando por Santiago Bernabéu te encuentras. O el que viene de patearse la Casa de Campo y quiere devolver las zapatillas que lleva puestas.

Trabajar en comercio en Madrid une. Une porque vives cosas tan auténticas y extrañas que tus compañeros se convierten en piezas de tu puzle. Porque no hay nada que una más que vivir una situación de “tierra trágame” con un compañero de trabajo. A partir de ese momento, deja de ser compañero, ya es amigo. Une porque en realidad trabajar los fines de semana, salir a las 22:00, tener que hacer turnos de noche y poder hacer la compra un jueves por la mañana, es una porquería. Pero compartir turno con ese compañero, ya amigo, te provoca hasta ganas de cerrar tienda un sábado, la locura. Une porque lo único bueno que tiene el comercio son los amigos que te llevas. Las confidencias en los pasillos, las bromas de Zipi & Zape, el cigarrito a la salida de los que no fumamos, los arreglos del mundo en probadores, los paseos al almacén sin necesidad, la sonrisa tonta del cansancio y la inexplicable sensación que provoca escuchar: “Atención señores clientes, les informamos que nuestra tienda cierra sus puertas dentro de 5 minutos…”.

Y bueno, también que es Madrid. Y Madrid siempre mola. Para trabajar, para estudiar y para vivir. Mola.


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