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Cuando el pocero zahorí Isidro Labrador, reconocido (y posteriormente beatificado) por sus milagros como “hacedor de lluvias” en la Madrid de influencia musulmana de los siglos XI y XII, falleció el 30 de noviembre de 1172, seguro que en ningún momento de su vida llegó a imaginar que casi novecientos años después se convertiría en el patrón de una de las ciudades más importantes de Europa y que cada 15 de mayo todos los habitantes de la villa le recordarían. Y lo que seguro tampoco se le pasó nunca por la cabeza, pese a vivir en ella, es en qué se iba a convertir Magerit en pleno siglo XXI. Pero yo sí estoy seguro de una cosa, si hoy pudiera asomarse y echar un vistazo, estaría muy orgulloso de todo lo que llegó después de irse.

Porque Madrid no sólo se ha convertido en el centro de España por pura casualidad geográfica. También lo es por todo lo que aglutina dentro de sus ya desaparecidos muros. Una urbe diversa, abierta, acogedora… Vanguardia en muchos sectores, desde el transporte público hasta el tratamiento de residuos y la preocupación por el medio ambiente. Un lugar que rebosa cultura, mejor dicho, culturas, por los cuatro costados, con influencias de todos los pueblos que han pasado por las siete colinas sobre las que dormimos cada noche y que han configurado la Madrid que hoy conocemos y amamos.

Hay quien dice que ser de gato es no ser de ningún sitio. Que no tenemos historia. Yo creo todo lo contrario, que ser madrileño es ser de todos los sitios. Hinchar el pecho de orgullo cuando dices que naciste en La Paz o en el 12 de octubre, mientras sientes la misma sensación por llevar en las venas sangre leonesa, catalana, argentina o marroquí. Ser madrileño es compatible con cualquier credo, con cualquier idea. Nadie te va a decir que eres más o menos madrileño por no tener la bandera de las siete estrellas colgada en el balcón. Eres madrileño porque lo sientes, aunque sólo lleves diez días aquí.

Tomarse una caña en La Latina, echar una siesta bajo la sombra de los árboles del Retiro, pasear de Cibeles a Atocha o comerse un bocadillo de calamares en la Puerta del Sol son nuestras señas de identidad, las únicas que intentamos imponer. Y ni siquiera eso. Que cada cual sea matritense a su manera.

Para terminar, voy a recordar a de nuevo a Isidro Labrador. Perdón, San Isidro Labrador, que ya lo he beatificado. Porque también de sus días viene el lema de la ciudad, que no muchos conocen pero que resume a la perfección nuestra idiosincrasia: “Fui sobre agua edificada, mis muros de fuego son”. Un lugar que fluye y que defiende con ardor sus valores, que son los de todo el mundo. Y de ahí, al cielo.


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