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Tenemos nuevo alcalde en Madrid. La triple alianza de Colón ha situado al candidato del PP al frente del gobierno municipal. Ocupados en los dimes y diretes sobre las responsabilidades que cada quien asume en el consistorio, en función de los pactos, públicos, o secretos, son pocas las cosas que hemos podido conocer aún sobre los cambios que se avecinan.

Una de ellas es la intención de presentar la candidatura de Madrid para convertirse en ciudad olímpica más allá del 2030. En las intentonas anteriores protagonizadas por Gallardón y Ana Botella, salimos escaldados. Unas veces por novatos y otras porque es muy difícil predecir las decisiones del Comité Olímpico Internacional.

Decisiones que toman unos miembros que no se renuevan, son elegidos por sistemas endogámicos y representan intereses, en muchos casos, de las grandes multinacionales del deporte. Si hay suerte y gastas mucho dinero en la campaña, invitaciones y compromisos no escritos, ser ciudad olímpica puede ser una oportunidad, o la ruina de todo un país, como ocurrió con Atenas.

Otro de los anuncios estrella, consiste en sacar adelante la Operación Chamartín y la del cercano Paseo de la Dirección. Todos podemos coincidir en que el soterramiento de las vías del tren, para conectar barrios, es un reto inaplazable y siempre retardado en el  tiempo. Pero hay muchas maneras de hacerlo.

Una de ellas es construyendo ciudad, creando espacios de ocio y cultura, parques, nuevas viviendas a precios asequibles para compra, o alquiler, aprovechando el espacio para reubicar servicios administrativos, educativos, deportivos y realojando a las personas que se vieran obligadas a abandonar sus viviendas.

La otra forma, típicamente madrileña, es facilitar la construcción de viviendas de lujo, edificios de oficinas y centros financieros de altos precios, con sus ostentosos servicios correspondientes. Eso sí, ubicando unas cuantas viviendas sociales en los lugares menos favorecidos y unos cuantos espacios verdes de diseño sobre el hormigón bajo el cual discurrirán los trenes.

Hacerlo así significaría apostar por un Norte cada vez más rico frente a un Sur y una periferia cada vez más pobres. Unos cuantos grandes bancos, constructoras e inmobiliarias han comenzado ya a publicitar el inmenso pelotazo sobre el suelo que controlan. Nada nuevo bajo el sol.

El tercer anuncio consiste en la suspensión de Madrid Central. El nuevo alcalde empieza eliminando las multas y abriendo el centro a la libre circulación del vehículo privado. La vicealcaldesa es partidaria de mejorar el proyecto y la ultraderecha plantea borrarlo del mapa.

Unos cuantos colegios se han manifestado ya en contra de eliminar las restricciones al tráfico. Se han entregado más de 160.000 firmas, recogidas en muy pocos días, para mantener Madrid Central. Los ecologistas y asociaciones vecinales parece que recurrirán a los tribunales. Unos comerciantes a favor y otros en contra. Hasta la organización empresarial madrileña ha planteado que una cosa es evitar los problemas de distribución de mercancías y servicios de mantenimiento y otra no corregir los problemas de sostenibilidad y contaminación.

Muchos urbanistas alertaron al principio que el proyecto podría provocar problemas de gentificación y gentrificación. Dicho de otra manera, existe un peligro cierto de masificar el centro y convertirlo en un parque comercial. Fomentar la proliferación de hoteles, restaurantes, espacios de ocio, centros para el consumo. Provocar subidas de los precios de compra y alquiler. Desplazar la población actual hacia zonas menos caras de la ciudad. Algo que sólo se podría prevenir creando nuevas centralidades en los barrios, cosa que nadie ha previsto.

Sinceramente, creo que Madrid Central ha llegado para quedarse. Que la lucha contra la contaminación y la planificación de ciudades sostenibles, son desafíos inaplazables. Creo que todo proyecto es mejorable y, por lo tanto, el diálogo entre administraciones y  con las organizaciones que representan los intereses de la ciudadanía,  es esencial para facilitar que Madrid Central siga adelante con el máximo acuerdo y consenso.

De eso debería de tratarse. Veremos si los nuevos gobernantes son capaces de poner la solución a los problemas reales por encima de los intereses partidarios y electoralistas. No abrigo grandes esperanzas, pero pronto lo sabremos.