Todo aquel que haya cogido la A-6 alguna vez en su vida y haya pasado por Torrelodones, seguramente se ha fijado en una casa que domina desde un alto el terreno que le circunda. Hasta 37 municipios se pueden ver desde el Palacio del Canto del Pico, un edificio de principios del siglo XX que se construyó como casa-museo, para albergar la colección de arte de José María del Palacio y Abárzuza, y que en sus menos de cien años de vida ha albergado entre sus paredes una historia digna de contar y un final demasiado prematuro.

Sólo cinco años después de su construcción, cuando las paredes aún olían a pintura, se convirtió en el triste lugar donde Antonio Maura, estadista que llegó a ser Presidente del Consejo de Ministro en cinco ocasiones, dio sus últimos pasos. Maura vivía en una casa cercana, y durante una visita al Palacio del Canto del Pico falleció de manera repentina mientras descendía por unas escaleras. Allí luce ahora una placa conmemorativa con la frase ‘Bajando por esta escalera, ascendió al cielo don Antonio Maura’.



Durante la Guerra Civil, y después de ella, este singular inmueble continuó como testigo mudo del destino de nuestro país. Sirvió de sede temporal del Mando Militar Republicano durante varios días de julio de 1937, utilizado como puesto privilegiado de seguimiento de la Batalla de Brunete gracias a sus privilegiadas vistas. Después de la Guerra pasó a ser propiedad de Francisco Franco, quien lo utilizó como refugio en todos los sentidos, ya que es donde se alojaba si había amenazas de atentado contra su persona y donde tenía su particular ‘casa de fin de semana’.

Tras su muerte, fue heredada por sus nietos, María del Mar Martínez Bordiú ‘Merry’ y Jimmy Giménez-Arnau, quienes fijaron allí su residencia después de casarse. Pero con la década de los ochenta comenzó también el declive del Palacio del Canto del Pico. Su abandono comenzó a hacerse evidente, y los amigos de lo ajeno, además de los vándalos, fueron acabando poco a poco con el esplendor de un edificio que fue declarado Monumento Artístico en 1930 y que, por lo tanto, hoy es un Bien de Protección Cultural. Aunque por su estado actual no lo parezca.

En 1988 fue vendido a un empresario por 320 millones de las antiguas pesetas, cuyo objetivo era construir un hotel de lujo. Sin embargo, al estar edificado en terreno protegido, esta iniciativa se fue al traste. Desde entonces, y acelerado por varios incendios y dudosas reformas, el deterioro del Palacio del Canto del Pico ha llegado a tal punto que actualmente se teme incluso por su posible colapso.

Su futuro está ahora en manos de la Dirección General del Patrimonio, quien debe resolver principalmente la cuestión de todas las obras de arte que se extrajeron de su interior y que acabaron en su mayoría en el mercado negro. Pero también debe ocuparse de su uso, siendo su deber el darle una segunda oportunidad (el Ateneo Cultural de Torrelodones ha pedido que se convierta en un Museo Centro de Interpretación abierto a todos los ciudadanos madrileños) a un edificio que es historia viva de nuestra región.




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