Refugiados, mucho ruido y pocas nueces

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Y luego, in continente,

caló el chapeo, requirió la espada,

miró al soslayo, fuese y no hubo nada.

Miguel de Cervantes

A la vista del debate que se produce en torno a los refugiados y solicitantes de asilo en nuestro país bien pudiera parecer que hay algo importante que debatir. Las imágenes del Mediterráneo convertido en cementerio inmenso y las playas en las que aparecen cadáveres de todas las edades, procedencia y edad han movido muchas conciencias.

Los Ayuntamientos progresistas, del cambio o no, se apresuraron a colocar visibles pancartas con el lema Welcome Refugees. Los Ayuntamientos del eterno retorno de la España de charanga y pandereta se han apresurado a retirar las pancartas de inmediato y sustituirlas por banderas nacionales. Algunas razones supongo que tendrán para oponer enseñas nacionales contra bienvenidas a los refugiados. Ya las iremos conociendo por esperpénticas que terminen siendo.

Sin embargo el debate no tiene motivo alguno, es patético, pura filfa. España es uno de los países que menos esfuerzo ha realizado en toda Europa, en términos absolutos y relativos, para acoger a demandantes de asilo y refugio. Sobre los más de 333.000 demandantes de asilo que han sido acogidos en la Unión Europea durante 2018, tan sólo 2.965 fueron acogidos por España. No llega al 1 por ciento.

En Alemania fueron acogidos más de 139.000, en Francia más de 41.000, en Italia casi 48.000, o en Suecia casi 20.000. En términos relativos, Austria ha acogido más de 2.300 por cada millón de habitantes, Alemania, más de 1.600, Suecia más de 1.900, Luxemburgo 1.660, por poner algunos ejemplos, frente a una España que ha acogido 65 por cada millón de habitantes.

España no sólo no tiene un problema derivado del número de refugiados que recibe, sino más bien al contrario. Su esfuerzo ante este reto es uno de los menores en comparación con otros países de Europa. Además somos especialmente restrictivos a la hora de reconocer el derecho de asilo.

Así, mientras en Europa se produce una media de un 37 por ciento de reconocimientos de asilo y concesión de estatuto de refugiado  sobre el total de solicitantes, en España esa tasa se encuentra en el 24 por ciento, mientras que es del 85 por ciento en Irlanda, el 50 en Dinamarca, el 42 en Alemania, o el 60 por ciento en Portugal, o el 51 por ciento en Bélgica.

Otra cosa es el número de personas que cruzan el Estrecho para llegar a España en patera, procedentes de Marruecos, Argelia, o países subsaharianos. Siembran mucha alarma y son noticia trágica cuando casi 800 personas se dejan la vida cada año en el intento. Sin embargo son bastantes menos que los que llegan desde Latinoamérica, procedentes de países como Venezuela, Colombia, o Argentina, cruzando el Atlántico en aviones. Todo ello sin contabilizar los inmigrantes que llegan desde países como Reino Unido, Francia, Alemania, Rumanía, o Italia, porque sus desplazamientos son libres al desplazarse por el territorio común de la Unión Europea.

Hay que tomar también en cuenta un nuevo fenómeno aparecido tras la crisis económica. Las personas inmigrantes pueden convertirse al poco tiempo en emigrantes. Antes llegaban para quedarse y hoy se desplazan a otros países, o vuelven a su país de origen. Es lo mismo que ocurre con los españoles que se van fuera, para volver relativamente pronto, o se desplazan de un país a otro.

No hagamos tanto drama a costa de carteles, pancartas   y banderas, por más nacionales que sean. Bastantes dramas han vivido y bastantes problemas tienen nuestros refugiados, nuestros inmigrantes y nuestros emigrantes. Un poquito de sensatez y vamos a ocuparnos de las personas. Pongamos en marcha programas que eviten la emigración de nuestros jóvenes, en cuya formación hemos invertido mucho dinero y que hagan posible una acogida rápida y una integración real en nuestra economía, nuestra cultura y nuestra sociedad de las personas inmigrantes, o refugiadas.

Más y mejor política y menos plañideras alarmistas, bufones mediáticos y políticos más propios del club de la comedia. 


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