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Madrid es, sin duda, una de las ciudades más abiertas del mundo. Sólo hace falta asomarse a cualquier calle para maravillarse con la multiculturalidad de cada barrio y dejarse atrapar por la cálida sonrisa de los vecinos que habitan esta urbe. Pero no siempre fuimos tan abiertos. No, no hablamos de carácter, sino de algo más tangible. Y es que, aunque muchos penséis que es imposible por la distribución actual, lo cierto es que Madrid estuvo rodeado por una muralla hasta finales del siglo XIX.

La construcción de estas defensas se remonta cientos de años antes, concretamente a finales del siglo IX. En esa época nació nuestra ciudad y ésta se erigió con una fortificación capaz de evitar los ataques enemigos en una etapa de la historia en la que las escaramuzas eran muy frecuentes. Esas paredes comprendían lo que hoy es el Palacio Real y la Catedral de la Almudena, adentrándose hasta la Plaza de Oriente. De esta muralla, musulmana como sus autores, aún se conservan restos en bastante buen estado, destacando los que se encuentran en el parque Emir Mohamed, justo al lado de la mencionada Catedral de la Almudena.

Tras décadas de batallas y resistencia musulmana, en el año 1085 el Rey Alfonso VI conquistaba de manera definitiva la ciudad. A partir de ese momento, el crecimiento de Madrid fue mucho más notable y las anteriores “paredes” pasaron a ser insuficientes para proteger toda la población. Tanto fue así que éstas se fueron ampliando, hasta alcanzar un punto que no es otro que el de las Cavas. Exacto, la Cava Alta, la Cava Baja y la Cava de San Miguel, esas que hoy son lugares de peregrinación para los amantes de la gastronomía, eran la principal línea de defensa cuando se concluyeron en el siglo XIV.

Prueba de la importancia para Madrid de sus murallas es que su lema (no, no es “De Madrid al Cielo”) hace referencia a ellas de manera clara. “Fui sobre agua edificada, mis muros de fuego son” es la frase que define a la perfección lo que era antes Madrid, y que puede verse escrita sobre una fachada de la Plaza de Puerta Cerrada. Si el agua hace referencia a la gran cantidad de arroyos subterráneos que había en el emplazamiento, los “muros de fuego” son una metáfora del material del cual estaban recubiertos las murallas (pedernal), el cual provocaba una gran cantidad de chispas cuando un objeto metálico golpeaba contra ellas.

Madrid siguió progresando y su muralla se fue ampliando, en muchas ocasiones con simples cercados cuya función no era defensiva sino principalmente fiscal, empleándose para evitar la entrada y salida de mercancías que no hubieran pagado el correspondiente peaje. 1860 fue de hecho la fecha de defunción de la muralla, ya un estorbo para la imparable evolución de Madrid y cuyo último servicio fue servir de base para la construcción de viviendas y otros edificios.

Más allá de ese fragmento tan bien conservado de muralla del que hemos hablado antes, hay otros muchos vestigios dispersados por todo el centro que merecen la pena ser visitados. Algunos de ellos están a simple vista, pero otros descansan en lugares insospechados como el fondo de una pastelería, el comedor de un restaurante o incluso en un aparcamiento público. Testimonios vivos de una ciudad que nunca ha dejado de cambiar y que han dibujado la capital que conocemos hoy en día.