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Algo se ha convertido en viral cuando en una reunión de familia, de esas que celebramos con motivo de cumpleaños, o fiestas navideñas, casi todos los asistentes conocen una noticia, chiste, referencia, vídeo. Este año, casi toda la parentela sabía que el año 2020 es tan bisiesto como el de 1936 y el calendario se repetirá en cada día del año. Algo que ocurre cada 28 años y que sucedió antes en 1992, 1964 y 1936.

Con semejante argumento un polemista profesional, asiduo de tertulias políticas y futbolísticas, bien relacionado con algún que otro comisario experto en cloacas del Estado y siniestros personajes del mundo de las finanzas, ha construido una moderna profecía a través de las redes sociales, El calendario de 2020 es igual que el de 1936 cuando se formó el Frente Popular y empezó la Guerra Civil. Y se queda tan pancho.

Una referencia que no ha faltado en el argumentario catastrofista de quienes pronostican el fracaso de la coalición de izquierdas que acaba de ser investida por el Parlamento y cuyo presidente ha visto ratificado su cargo por el Rey. Si éramos pocos… Suma y sigue, suma y sigue. Subirán los impuestos. Se arruinarán las empresas y los autónomos desaparecerán de la economía.

Los niños y niñas ya no podrán estudiar en colegios concertados. Ya verás como ahora tiene razón la presidenta madrileña y las parroquias del barrio son incendiadas, o por lo menos tendrán que pagar el Impuesto de Bienes Inmuebles. Cataluña se irá de España y, con ella, Euskadi, Galicia, Andalucía y hasta León querrá existir como nación.

Los pensionistas perderán sus pensiones, los obreros perderán sus trabajos, los jóvenes tendrán que buscarse la vida fuera de España, como ahora, pero aún más. Ya no habrá toros. Viviremos hacinados bajo los puentes porque nos quitarán la casa para regalársela a pobres o inmigrantes.

Unos inmigrantes que llegarán por cientos de miles, con turbantes y chilabas, a robarnos el pan y el trabajo. Serán los dueños de la calle, porque no habrá policías ni municipales, ni nacionales, ni guardias civiles. Seguro que olvido alguna otra plaga bíblica dispuesta a desplomarse sobre nosotros en cualquier momento.

Pero no habrá para tanto. Seguro que no hay para tanto. Este país ha sobrevivido al terrorismo etarra y al del islamismo radical. Ha superado crisis económicas y la lacra de soportar las más altas tasas de desempleo, temporalidad y precariedad laboral de Europa.

Hemos padecido gobiernos atravesados por la corrupción de una plaga de ranas que han hecho más daño que cualquier proceso independentista. De hecho, el caldo del independentismo se ha cocinado a base del fuego de los recortes sociales y la corrupción.

No hay motivos racionales para la preocupación ante un gobierno en el que conviven socialistas y podemitas. Muchos menos aún para temer que de ese gobierno se desprendan medidas como las anunciadas por unos pocos profetas de la distopía. No conviene ponerse dramáticos, sino, más bien, contribuir a destensar la situación política y retornar a los cauces de la cultura del diálogo.

No todos los podemitas son comunistas, pero aunque lo fueran, formarían parte de esa amplia experiencia democrática europea en la que los comunistas y sus derivados han formado parte de la gobernabilidad de países como Italia, Francia, Grecia, Portugal y, formando parte de coaliciones diversas, en otros muchos países nórdicos y del Este.

En España fueron comunistas los responsables de proclamar una política de reconciliación nacional, en plena dictadura, cuando faltaban aún más de veinte años para recuperar la democracia. Los primeros en aceptar la bandera nacional en sus sedes y negociar esa Constitución que ahora algunos acusan de ser responsable del régimen del 78.

Lo que sí ocurre en casi toda Europa es que todas las fuerzas políticas democráticas se ponen de acuerdo para evitar que la ultraderecha, heredera del nazismo alemán, el fascismo italiano, el franquismo español, o el salazarismo portugués, tenga oportunidad alguna de abrir camino a sus propuestas xenófobas, racistas, clasistas y antidemocráticas. No así en España.

Dejemos gobernar a este gobierno legal y legítimo. No hace falta aplaudir. Basta trasladar desde todos los ámbitos propuestas razonables, alertar a tiempo para evitar errores, corregirlos cuando se produzcan, movilizar voluntades para obligar a los gobiernos a que nos escuchen. Negociar, acordar, cumplir lo acordado y volver al mismo camino una y mil veces.

Sobre todo, no apostemos por el miedo y aún menos por el guerracivilismo. El que ha superado sus miedos es verdaderamente libre, decía Aristóteles. El coraje no es la ausencia de miedo, sino el triunfo sobre él, nos enseñó Mandela, con sus 27 años de cárcel a cuestas.