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viernes, 21 de febrero de 2020

Vuelve al Real ‘La flauta mágica’, un deslumbrante juego con Keaton de médium

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Mozart se sirvió de Pamina, Papageno, Tamino y la Reina de la Noche para popularizar con «La flauta mágica» las ideas de la Ilustración, un «divertimento» que el montaje que repone el Real potencia en un juego deslumbrante en 3D y pantallas con Buster Keaton de médium de la risa y la emoción.

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A pesar de que el director de escena, Barrie Kosky, ha diseñado una estética en blanco y negro, lo cierto es que los personajes están plagados de «matices y grises», explicó en la rueda de prensa de presentación el intendente del teatro, Joan Matabosch, que ha estado acompañado por el director de la orquesta, Ivor Bolton, y los cantantes Ruth Rosique, Joan Martín-Royo y Mikeldi Atxalandabaso.

Este montaje se estrenó en 2011 en la Komische Oper de Berlín y en el Real en 2016: «tuvimos un éxito tan espectacular -se agotaron las entradas- que prometimos que la volveríamos a hacer y aquí está», ha puntualizado Matabosch.

Con «La flauta mágica», «una obra tan singular que en ella están todos los estilos musicales de la época de Mozart», «hay que evitar interpretaciones reduccionistas y simplistas», ha dicho Matabosch, que sostiene que es un homenaje de Mozart a la Ilustración y que por eso eligió como formato el «singspiel», una composición de ópera popular «porque ese era el género que más llegaba al pueblo».

Ahora, Kosky, que para su reposición en Madrid ha delegado en Tobias Ribitzki, acude a los arquetipos de Buster Keaton, Louise Brooks, Rodolfo Valentino, Nosferatu y Abraham Lincoln como los «medium» de sus ideas: «puede parecer chocante pero es una codificación clavada a lo que Mozart hizo en su época», ha dicho el intendente del Real.

Para Ribitzki, este montaje, que evoca el cine mudo y el cabaré berlinés de los años 20, se amolda perfectamente a sus tres claves, es decir, la música, el amor y las imágenes.

Bolton ha subrayado que este aparente «cuento de hadas» para entretener contiene el «mejor legado» que se ha podido hacer, es decir, las ideas de la Ilustración, las que han hecho que Europa «sea el mejor sitio para vivir».

Es, ha apostillado Rosique, que afronta de nuevo el papel de Papagena, transmutada en la «súper explosiva vedette» Louise Brooks, «el mejor título para iniciar a alguien en la ópera; tiene que venir a verla todo el mundo», ha animado.

Tanto ella como Martín-Royo (Papageno) han subrayado la enorme dificultad del montaje, en el que tienen que interactuar con las animaciones que se proyectan en la pantalla y contenerse para que todo cuadre sin que haya un solo elemento físico en escena.

«Es como ir por un apartamento a oscuras y que alguien te vaya diciendo ahora de frente o ahora tuerce», ha comparado Rosique a lo que Martín-Royo ha añadido que «ven» las proyecciones con el rabillo del ojo pero que, en cualquier caso, tienen que ensayar mucho y hacerlo con el espíritu abierto.

Atxalandabaso es Monostatos, la «parte mala y oscura» de la obra que en este montaje toma la forma de Nosferatu: «es vocalmente uno de los roles que van muy en consonancia con mi voz e intento llevarlo a mi terreno», ha dicho.

Sobre una polémica en Austria por las palabras que dice Monostatos, en las que se describe como un esclavo negro que no está autorizado a amar a una mujer blanca, Matabosch ha insistido es que este es «un espectáculo anti realista y la literalidad de lo que dicen los personajes no tiene, en algunos casos, sentido». 

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