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No ocultaré que estoy relativamente preocupado por el coronavirus. Pero no, como ya indiqué hace algunos días, por la potencial mortalidad de la enfermedad (muy poca) o porque me pueda pasar unos días en casa.

Me inquieta, obviamente, que pueda pasarle algo a mis seres queridos de edad más avanzada, a esos a los que una gripe estacional también podría llevarse por delante. Aunque sobre todo me turban todas esas personas que parecen alegrarse de que cada día aumente el número de casos diagnosticados en España, así como el número de fallecidos.

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Cada nuevo infectado es un “te lo dije” más que suman a sus publicaciones en redes sociales. Ese altar desde el cual, muchas veces amparados en el anonimato, buscan cualquier excusa para llevarse al terreno político una crisis sanitaria en la que todos deberíamos remar para el mismo lado. Vaya por delante, antes de continuar, que mi simpatía por el actual gobierno no es precisamente elevada. Del mismo modo que es evidente todo lo que se escribió desde ciertos sectores del PSOE y Podemos con motivo de la crisis del ébola en 2014 ahora se les está volviendo en contra.

Pero ello no justifica que se celebre con algarabía el cierre de centros educativos y que se pida a voz en grito la suspensión de las Fallas y la Semana Santa. No quiero decir con esto que eventualmente no haya que tomar este tipo de medidas, y en caso de ser necesario la acataremos como está sucediendo en Italia. El problema es que hay personas dispuestas a ver la economía del país colapsar solo porque así se debilita al actual gobierno.

Twitter se llena de “expertos” pidiendo cierre de fronteras de inmediato y suspender cualquier evento público, mientras auguran crecimientos exponenciales del número de contagios como si en epidemiología dos y dos siempre fueran cuatro. Es verdad, yo tampoco soy médico, pero sí me fío más de ellos que no de alguien que tiene de avatar una foto de Leónidas.

Son los mismos que ayer, después de que la Comunidad de Madrid decidiera tomar una serie de medidas de contingencia para tratar de frenar la expansión (coordinados, por cierto, con el gobierno central), se jactaban en la radio de que ya se lo imaginaban y tenían mil rollos de papel higiénico a buen recaudo en casa desde que salió a la luz el primer caso en Wuhan. Y luego nos extrañamos de que haya colas en Mercadona…

Nos enfrentamos a un desafío importante, un virus de rápido contagio y con una tasa de mortalidad por encima de la gripe común que se está propagando por todo el mundo. Pero aún más peligroso es ese que lleva décadas enquistado en nuestra sociedad, el de los alarmistas y odiadores profesionales que quieren ver el mundo en llamas si a ellos les reporta algún tipo de beneficio.

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