Foto: © EFE
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Resulta terrible la situación que estamos viviendo. Solamente hace tres semanas bromeábamos y hacíamos chistes con los videos e información que llegaban desde China y ahora nos vemos todos participando en primera persona en una peíicula de miedo. Una de esas de futuros distópicos y situaciones imposibles… O no tan imposibles, porque nuevamente la realidad supera la ficción.

Todos conocemos ya a alguien que tiene este maldito bicho. Un bicho que está matando a mucha gente. Gente con cara, nombre y apellidos. Son nuestros padres, nuestras abuelas, compañeros de trabajo, amigos, vecinos, clientes y personal hospitalario.

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Y en soledad, porque el lado más cruel de esta enfermedad es que las personas afectadas y las más vulnerables lo sufren solas, ya que las familias no pueden estar con ellos. Hace poco escuché a alguien decir: «¿que esto no es grave? si sales a la calle puedes estar matando a tus mayores, piensa si eso es grave o no».

Solamente unos pocos héroes, médicos, personal de limpieza, conductores de ambulancia, enfermeras y un largo etcétera de personas anónimas detrás de un uniforme les acompañan y asisten como buenamente pueden.

No hay palabras para describir el sufrimiento de este padecimiento en soledad y el agradecimiento que merecen todos esos heroes. Merecen todo nuestro apoyo, los unos y los otros.

Abuelos en residencias aislados del exterior temerosos de que un contacto les mate a todos, personas no tan mayores viviendo solas en casa estos días con el temor de contagiarse y quedar desvalidos si descuidan un gesto al hacer la compra, también jóvenes con alguna patología o salud delicada previa asustados que por primera vez no viven como si nunca fueran a morir. Y personas que van al trabajo como quien va a la guerra sin saber si a la vuelta están metiendo al enemigo en casa, en la familia.

Jodido, esto es muy jodido.

Pero no es menos jodido que el sufrimiento al que tantas veces hemos dado la espalda. Inmigrantes que se juegan la vida para buscar una vida mejor, refugiados que huyen de la guerra y de los bombardeos, niños que mueren de malnutrición, enfermedades que condenan a la miseria a millones de personas porque sus países no tienen recursos para asistirles, un estilo de vida que mata el planeta… Pero nos quedaba lejos y la razón nos decía que no hay un futuro digno para todos.

Hasta hoy, en que hemos descubierto que las sociedades occidentales en las que hemos tenido la suerte de vivir tienen recursos suficientes como para detener el mundo, volcarse en resolver un problema de esta dimensión que nos ha tocado directamente, y prever medidas suficientes como para que no perdamos el tren de la buena vida.

Ojalá cuando todo esto pase seamos capaces de frenar ese tren y mirar lo que se queda por el camino con algo más de generosidad. Porque no somos más que nadie y todas las vidas tienen el mismo valor.

Si no es así va a resultar que el virus somos nosotros.

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