Los Opinadores

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Este título podría resultar un poco contradictorio, sobre todo porque es un artículo de opinión. Y defiendo, vaya por delante, que cualquier persona, sin importar estudios, preparación o información consultada, pueda dar su veredicto sobre cualquier tema que le afecte de manera directa o indirecta. Un argumento, el de la libertad de expresión, que tomaré prestado para decir lo que pienso de aquellos que solo por tener un teclado y un perfil en alguna red social se quejan de todo y por todo sentando, además, cátedra con cada uno de sus dogmas de pacotilla.

La crisis por el coronavirus ha llegado como una suerte de tormenta perfecta para quienes llevan tiempo erigidos en su púlpito virtual, analizando cada tema de actualidad como si fueran la marca blanca de Carlos Alsina. Lo que pasa es que antes pasaban más inadvertidos, no se les hacía demasiado caso, al haber demasiados asuntos a los que atender y muchos bares a los que ir. Pero la COVID-19 es ahora la única actualidad, con lo que esta reciente e infausta oportunidad se convierte en el asidero de esos que lo sabían todo antes y, por ende, ahora. Porque ellos tienen la solución para acabar con la pandemia, la crisis económica y, de paso, el calentamiento global.

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Los Opinadores 1

Estos “opinadores” son los que se quejan de que las familias hayan salido a la calle a pasear, de que los niños vieran la luz del sol después de cuarenta días encerrados, de que haya más runners que adoquines en las aceras. Son los mismos que se quejaron de que el Gobierno no hiciera nada en febrero, de que la oposición discrepe cuando no se le consulta, de que nos parezca mal que un Vicepresidente se salte la cuarentena a la torera o de que ahora, por fin, comience la desescalada, igual que en el resto de Europa.

Hasta aquí, todo podría estar bien. Vivir amargados es su problema. Lo paradójico es que estos “antigente” son los primeros que, valga la redundancia, son gente. Porque han aplaudido cada vez que Pablo Motos le ha dado un zasca a Pedro Sánchez. También salen a caminar a las nueve de la mañana y a correr a las nueve de la noche. Al mediodía han bajado a comprar el pan y después de comer han sacado a sus hijos a pasear. Después de esta gincana llega su momento favorito del día, el de tumbarse en el sofá a desplegar la artillería pasada a través de Facebook.

“Poco nos pasa” o “País de pandereta” son sus expresiones favoritas, y las fotos de multitudes (os recomiendo, a los que seguís haciéndolo, buscar en Google la palabra “teleobjetivo”) adornan los timeline de estos cazadores de brujas de la pandemia. Esta crisis nos ha pillado a todos desprevenidos salvo a ellos, que ya sabían lo que iba a suceder y nos advierten que todos lo estamos haciendo rematadamente mal menos ellos.

Entiendo, y enlazo con el principio para terminar, que lo harán para desahogarse. Igual que yo he hecho en este artículo. Eso sí, el desahogo no está reñido con ser un hipócrita. De manera que permitidme decir que a todos los que ponen el grito en el cielo por las aglomeraciones pero no han dejado que terminen los aplausos para ponerse el chándal, este adjetivo les viene que ni pintado. Si te quieres quejar, hazlo. Pero quédate en casa.

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