Foto: © UNICEF
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El pasado sábado 24 de octubre se conmemoró el Día Mundial contra la Polio. La poliomielitis nos es familiar, pero nos suena a pasado, a postguerra y a miseria, a tiempos superados. Se nos olvida que la verdadera naturaleza de su origen es exactamente la misma que la de la pandemia actual de coronavirus: la coexistencia de la especie humana con sus “depredadores naturales”, los microorganismos patógenos. Hagamos memoria.

A mediados del siglo pasado, el poliovirus fue un problema de salud pública de extrema gravedad a nivel mundial, principalmente para la población infantil, dejando secuelas muy graves como parálisis e incluso muerte por fallo en los músculos respiratorios. En España, sacudió a la población infantil entre 1956 y 1965, causando graves discapacidades físicas en 12.000 niños y 2.000 fallecidos. 

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¿Cómo se logró superar esta crisis sanitaria en España y en el resto del mundo? Gracias a la investigación científica, gracias a las vacunas que aquí se empezaron a comercializar en el año 1964. Aunque la batalla para erradicar esta enfermedad empezó en 1955, cuando el equipo del científico Jonas Salk presentó una solución eficaz para evitar la infección, una vacuna basada en virus inactivados. Sin embargo, como en todos los avances científicos, el Dr. Salk no lucho sólo. Una legión de científicos a nivel mundial realizó contribuciones que, gota a gota, permitieron llegar a la consecución de la vacuna, desde los equipos de los investigadores Karl Landsteiner y Erwin Popper, que en 1908 descubrieron que el agente causal de la poliomielitis era un virus, hasta los científicos David Bodian, Howard Howe e Isabel Morgan, que averiguaron que la entrada del virus era digestiva, y no respiratoria, y lograron crear una vacuna experimental en modelos animales.

Por si fuera poco, todo este esfuerzo científico permitió, a su vez, avances disruptivos que marcaron un antes y un después en la investigación científica, sin los cuales la ciencia tal y como la conocemos no sería posible: el desarrollo de los sistemas de cultivo celular y la cuantificación de virus mediante ensayo de placa. Además, fue el primer virus en “visualizarse” mediante cristalografía de rayos X hace 62 años.

Ha pasado mucho tiempo desde que la polio es evitable y su vacuna sigue estando en nuestro calendario vacunal. En una única inyección, protegemos a nuestros hijos con un verdadero seguro de vida contra la polio y contra otras cinco terribles enfermedades infecciosas: difteria, tétanos, tosferina, hepatitis B y neumonía, meningitis y epiglotitis por la bacteria Haemophilus influenzae. 

Gracias a esta herramienta, España tuvo su último caso de polio en 1988 y la OMS certificó que la región europea estaba libre de poliomielitis en 2002. Un logro que también se consiguió en África el pasado 25 de agosto. Sólo Afganistán y Pakistán siguen en proceso de erradicación y, cuando por fin se consiga, será la segunda enfermedad humana erradicada del mundo, tras la viruela en 1979.

Aprendamos de nuestra historia. Estamos inmersos en la mayor debacle sanitaria y económica de los últimos tiempos. En un futuro cercano, las vacunas generadas gracias a la investigación científica nos volverán a salvar de uno de nuestros “depredadores naturales”, ahora el coronavirus SARSCoV2. Como sociedad, no podemos permitirnos ver a las vacunas con angustia y miedo; una desconfianza infundada, pero lógica y entendible, basada en desconocimiento científico, el bombardeo de informaciones imprecisas y teorías conspiranoicas. Combatámoslo con evidencias científicas objetivas. La ciencia salva vidas.

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