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Un gesto. Una mano que simula una pistola y que apunta a un rival político. Hay quien argumenta intención, la protagonista “artrosis”. Da igual, del mismo modo que tampoco importan los nombres. Lo esencial es saber por qué se ha permitido tensionar hasta este punto el clima político. Una situación que, pese a los acaloramientos y berrinches de quienes se sientan en los escaños de cualquier hemiciclo, solo perjudica al ciudadano.

No soy analista político y desconozco si este clima se vive en otros países de nuestro entorno. Pero, atendiendo a la gestión que se hace en Italia, Francia o Alemania, donde las discrepancias en cuanto a las formas de combatir al virus son más bien escasas, lo dudo mucho. Allí todos tienen bien definido cuál es el único enemigo a batir, y saben que barrer para casa es sinónimo de egoísmo.

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Algo que, por lo que parece, no hemos aprendido en España. Es uno de los problemas intrínsecos de una nación que quizá no se le puede llamar como tal, porque en realidad somos un Reino de Taifas donde primero miramos por lo que nos queda más cerca y luego ya nos preocuparemos por los demás. A las comunidades autónomas les interesa que los comercios de sus ciudades continúen abiertos, como es obvio, pero lo que le pase a la de al lado ya importa un poco menos.

Tenemos administraciones locales y autonómicas que hacen y deshacen casi a su antojo, mientras el Gobierno central, ese que ha cogido el toro por los cuernos en cualquier estado normal, tiene más miedo de que sus socios, aquellos que siguen defendiendo la ruptura del orden constitucional, dejen de apoyarles en el Congreso de que la Covid-19 continúe avanzando sin control.

Es el caldo de cultivo perfecto para que quien tiene un bastón de mando se vea en la posición idónea para hacerse fuerte y tratar de imponer su criterio, sea al precio que sea. Y claro, en este país hay mucha gente que ordena y dirige, lo que se traduce en que cada día hay decenas de choques de intereses, algunos de mayor intensidad que otros.

A todo ello hay que añadir la carga ideológica, esa que a día de hoy sobrevuela sobre una España más polarizada que nunca. En una situación sin precedentes en la historia reciente, con una pandemia que azota al mundo entero, a las derechas y a las izquierdas parece interesarles, salvo contadas excepciones, más el rédito que puedan sacar de todo esto que de verdaderamente construir para levantarnos lo antes posible.

Algo que no ha pasado desapercibido para los medios internacionales. El prestigioso diario alemán Frankfurter Allegemeine Zeitung destacaba en un artículo que hoy en España “los campos políticos chocan de manera irreconciliable. La derecha está luchando contra la coalición de izquierda de Sánchez como si la campaña electoral aún no hubiera terminado”, además de aseverar que “el liderazgo no está a la altura de la crisis”.

Quizá deberíamos mirar hacia afuera y tomar nota. Solo necesitamos un liderazgo, fuerte y decidido, y no cien. Dialogar y actuar en vez de discutir y poner palos en las ruedas. Olvidarnos de Franco, de los derechos a decidir y de las manidas “libertades” individuales para poner de una vez por todas fin a esta pesadilla.

La tensión y el enfrentamiento no van a llevarnos a ser una sociedad mejor y que nuestra economía mejore. Esa senda tiene una dirección completamente distinta, que es la del desastre. Aún estamos a tiempo de sostener este edificio, de modo que agachemos la cabeza, bajemos el volumen de nuestros gritos y exijamos a los políticos que dejen sus rencillas a un lado y hagan una gestión a la altura de lo que merecemos los españoles.

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