/ 15 junio 2021

Carlito malo

Carlito malo

Me lo explicó un día en la barra de un bar a la que terminamos agarrándonos en fuga de un sol que casi no dejaba pisar la calle. Ella tenía una destreza para ensartar los boquerones con el palillo que me tenía hipnotizado, amén de las cervezas. Diría que, pese a tenerla apoyada en el taburete, remataba el movimiento con un pequeño golpe de cadera… de eso no puedo estar seguro.

“En este país hay gente, un montón de gente, que se levanta cada mañana con un anhelo agarrado a la boca del estómago como un carlito filipino. Lo llevan ahí durante todo el día hasta que sucede el milagro y liberan al bicho de su hiato: Desean oscura y secretamente poder sentirse ofendidos por algo, pista larga para una queja bien cargada de razón. Si da para un llanto leve les debe hace sentir como un hinduista que llega al moksha. Placentero pero breve como un orgasmo, al poco retornan a su estado original”. En ese momento me quedé solamente con una palabra, y mientras miraba su muslo bajo el vestido de verano me excusaba a mi mismo que quizá si no hubiera bebido tantas cañas sería el momento de desplegar mis raídas artes de seducción.

Fue volviendo a casa un par de horas después, mareado, cabizbajo y con ganas de ir al baño, cuando fui consciente del peso de sus palabras. Tuve que buscar un par de cosas en google, pero sabía que iba a estar de acuerdo en todo.

Desde entonces permanezco siempre alerta, atento a la manifestación espontánea de este perfil tan abundante donde menos me lo espero, como un cazador de pokémons. Y es que están en cualquier parte. Están en todas partes.

Ya, sabes de lo que hablo, pero he estudiado el tema y quiero que Occidente saque provecho de mi trabajo: Son hábiles en el arte de sostener el llanto primigenio a lo largo de los años y macerarlo a su paso, con aporte de sorprendentes matices. Están seguros de que son víctimas, y olfatean el ambiente como suricatas al sol, ávidos de encontrar de qué. Pudiera ser que aparques donde lo pensaban hacer ellos, que pises no se qué raya, que les hagas notar que se te han colado en la cola de la pescadería, que les hables de cuentas sin saber que son contables o que simplemente no compartas su pasión por vete tu a saber qué chorrada. Da igual, muchas veces te abroncan con la mirada y desaparecen sin que te de tiempo a saber con qué les heriste. ¿No te has dado cuenta? Les ofendiste, cavernícola, un respeto a sus personas y sus colectivos.

Buscan, como todo hijo de vecino, el respaldo social para su queja. Cuanto más grande es el grupo de heridos por algo, por alguien, o por todos -la sociedad-, más seguro se encuentra el individuo de que le sobran motivos para quejarse a gusto, y más despega el carlito sus uñas del esófago ofendido. Y por eso quieren que te unas a ellos en cualquiera de sus forma, vente a la fiesta.

Y por eso son venenosos, y esto es la conclusión más importante de mi estudio. No serías el primero que, de tanto respirar el aire que van dejando, te levantes un mal día así como ofendidito, pero sin saber muy bien por qué. No te des bola. Llama a un colega de esos que todavía te soportan, tómate unas cañas y busca un poco de bronca con el primer mártir de gimnasio que veas. Así calibras de nuevo lo que es una ofensa de verdad y lo que es el colapso de la civilización al que esta manada imbéciles nos quiere llevar. Y te vienes con la resistencia.

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