/ 25 julio 2021

Una de las dos pandemias está mal

Una de las dos pandemias está mal

Diario REAL de unas vacaciones en un resort de Antalya, Turquía.

Día 1

Apenas he tenido tiempo de llegar a cenar, es lo que tienen los vuelos con escala cuando viajas hacia Oriente. Nos han dado una mascarilla a la entrada del comedor, y me parece normal porque es buffet y hay bastante gente. No todo el mundo la lleva, pero es mi primer día aquí, así que mejor pecar de prudente. Me quedan diez días para saber cómo se vive en un resort de Antalya rodeado de rusos y europeos del este y del centro, además de turcos que están aquí de vacaciones.

Día 2

El paseo al aire libre de unos 300 metros hasta la playa es una maravilla. Gente de todo tipo y color nos cruzamos sin mascarilla. Me dicen que en mi país, que hoy se libra del bozal obligatorio en exteriores, alguna gente se cruza de acera si tú no llevas mascarilla no vaya a ser que pases “demasiado cerca” de ellos. Aquí impera la cordura: por cruzarte no vas a contagiar, ni te vas a contagiar.

Día 3

El anfiteatro donde se celebran los espectáculos nocturnos es digno de ver. Al aire libre, lleno, prácticamente sin mascarillas, y sin dejar de forma compulsiva dos asientos libres entre lo que las sanidades autoritarias de mi país llaman “burbujas de convivencia”. Se aplaude, se grita, se ríe y se habla sin que nadie ordene silencio para evitar aerosoles infectivos. Esto se parece mucho a lo que entiendo por normalidad.

Día 4

Me llevan de compras, actividad por lo visto habitual en Turquía. Un interior. Grande, techos altos, como los platós de televisión en los que en España hay bula papal para la mascarilla. Ni un solo cliente la lleva aquí. ¿Es obligatorio? Pregunto. Es según te sientas, me responden. Te tocan, te miden, te hablan, negocian, regatean en tu cara, te dan decenas de prendas a probar. ¿Los empleados? Según, igual que en el hotel: los de rango inferior, sí; los de rango medio, por la barbilla; los de rango superior, ni aunque se lo pidas a gritos. Que no se lo pides, claro. A estas alturas poco sentido tiene. Si es que alguna vez lo tuvo.

Día 5

Es la tercera vez que voy al gimnasio. Actividad que dejé de hacer en mi país porque a mi gobierno autonómico le dio por ordenar en febrero, en la reapertura, que mascarilla también para el ejercicio individual. Va a hacer aeróbicos su pura madre, pensé cuando aprobaron la norma. ¿Es obligatoria?, pregunto aquí. Es por tu seguridad, responden. Sabes que es mentira: que la mascarilla higiénica protege hacia fuera, no hacia dentro. Como es lógico, nadie en el gimnasio la lleva. Y yo hago mis ejercicios tranquilamente. Máxime porque, de tres ocasiones, en dos he estado completamente solo.

Día 6

Excursión por Antalya. 40 personas en un autobús. Alguna mascarilla… que cae a la barbilla a los 5 minutos. Paseando por las calles de nuestro destino nadie en nuestro grupo la lleva, tampoco nuestro guía; sin embargo los locales sí, en su inmensa mayoría. ¿Es obligatoria? Pregunto al guía. “En exteriores no, y desde mañana en interiores, tampoco”, me responde. “Anda, mira, los turcos como los españoles, sin obligación pero siguen con ellas, a 35 grados a la sombra”, acierto a pensar, “mediterráneos somos, capaces de lo mejor y también de lo más necio”. Mientras, «los rusos» nos juntamos para las explicaciones, nos damos espacio sin histerias para caminar, y acabamos unos 150 en un barco compartiendo mesas, baño en el mar y servicio de bebidas a bordo. Siempre sin mascarilla.

Día 7

Nos coincide partido de España. Mi clan conyugal, todo él de entorno rusohablante, se hace casi más de “La Roja” que yo, lo cual me halaga; no es que sea muy futbolero, pero les devuelvo el gesto haciendo de verdadero fan para entretenimiento de ellos. Empezamos en un bar interior junto a otras 60 personas, siempre sin mascarilla. Terminamos en una gran pantalla habilitada en el escenario para la música en vivo, junto a otras 300 personas, al aire libre, con distancias más bien escasas; sin mascarilla, gritando, bebiendo, fumando los fumadores y vapeando los que en su día dejamos de fumar. Sin que ningún hijo de Torquemada nos esté vigilando desde balcón alguno por ir esparciendo aerosoles. Y mientras veo en la televisión (para mis acompañantes no es curioso, para mí sí), gradas abarrotadas de espectadores que dejan las leyes de nuestra pantomima de ministra, Carolina Darias, a la altura del betún.

Día 8

Souvenirs para el regreso. De tienda en tienda a cara descubierta. Lobby: decenas de turistas sentados donde les place, a cara descubierta. Me va a costar mucho volver a mi país, donde siguen considerando la mascarilla como un amuleto con propiedades mágicas. Para usar en todo momento y ocasión y no, como la gente razonable, la que me rodea, en lugares como el buffet del comedor.

Día 9

Toca pasar por el impuesto revolucionario de la PCR para volver a España. Qué más da que me encuentre perfectamente, que la principal investigación mundial sobre asintomáticos haya concluido que no contagian (TAS 0,7%), que vayas a pasarte todo el pu.o viaje con mascarilla (salvo para comer, cosas de los virus y las aerolíneas), y que los aerosoles tengan más fama generada por vendedores de humo (nunca mejor dicho) que medallas ganadas a pulso. Si el protocolo dice PCR, te jod.s: PCR. “Si sale positiva, bien merecida la tienes”, me regaña mi subconsciente covidiano. “Si sale negativa, dejas de aceptar como válidas las medidas impuestas por las administraciones públicas”, acierta a responder mi consciente afirmacionista. Especialmente si son medidas del Gobierno que te toca sufrir, el catalán, esquizofrénico perdido, capaz de proponer una cosa y su contraria en apenas unos días, o prohibir comer o beber agua en la calle con tal de evitar el contacto social (¿?).

Día 10

Sé qué dictan los dogmas pandémicos sobre todas las acciones de los últimos días. Pero los dogmas hace años que no me interesan. Dogma y ciencia son palabras incompatibles. Me interesa saber qué experiencias he vivido, prohibidas en el último año y medio por un ansia normativista que lo ha invadido absolutamente todo, sin dar ni una sola oportunidad a las evidencias. Todo han sido modelos, teorías, proyecciones… y ni una sola evidencia, nunca, jamás, salvo las que de forma sesgada han buscado moralizar la pandemia. Son esos mismos moralistas los que estarán pensando, ahora: ¡ja, rusos y europeos del Este, en Turquía, todos irresponsables! Sí. Tan “irresponsables” que este es el vivo retrato que se da TODOS los días, en TODOS los resorts de Turquía y en su entorno comercial, cada uno de ellos con una capacidad media de 5.000 turistas que van rotando semanalmente. O el Gobierno turco es un asesino de turistas, o son todos unos suicidas, o va a ser que quienes están enfermos (pero de la cabeza y no del COVID), son mis otrora queridos conciudadanos españoles.

Dicho de otra forma: una de las dos maneras de entender la pandemia está MAL. Porque son incompatibles entre ellas. Y dado que la nuestra ha funcionado entre poco y nada, tiendo a pensar que la correcta es la suya. Que además es más lógica desde el punto de vista de la convivencia social. Más NORMAL, y menos heredera de medidas hechas para contento y regocijo de los sociópatas varios que desde marzo de 2020 son dueños y señores de nuestra moral y nuestra vida.

PD: la PCR, negativa. Ya he dicho lo que eso significa. Guste más o guste menos.

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