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Hablando de nosotros

Hablando de nosotros

La semana pasada tuve mi primera entrevista de trabajo oficial. Salió bastante bien. Mañana firmo el contrato, salvo sorpresa de ultimísima hora. Supongo que esto traerá a mi vida algunos cambios. Podría tratar de especular sobre ellos pero prefiero que sea el tiempo quien me los vaya explicando poco a poco.

Lo que nunca cambiará es mi esfuerzo por reducir la influencia del azar. Ya aprendí que si él quiere puede coger la hoja de ruta y romperla en mil pedazos, pero yo por si acaso me sigo escribiendo una para mirarla si me hiciera falta. Para la entrevista de trabajo busqué las preguntas más enrevesadas que podrían hacerme y a imaginarme mi respuesta. Todas solían versar sobre situaciones que precisan de una respuesta casi instantánea, lo más unida posible a tu parte visceral. Pero una de ellas lleva varios días rondando mi cabeza y no se termina de marchar.

La pregunta era quién es tu ídolo y por qué. Sacando a familiares y amigos de la contestación, no sabéis lo mucho que me gustaría tener una respuesta argumentada y redonda, pero no es el caso. Dicen varias definiciones que un ídolo es la personificación en un solo cuerpo de todo aquello que querrías ser o parecer. Es tu versión utópica, en lo que te querrías convertir cuando te tocara dejar de ser un mamarracho. ¿Cómo se puede contestar a eso con claridad meridiana y sin ningún atisbo de duda? No solo en una entrevista de trabajo, sino también en el día a día, donde las respuestas son todavía más importantes.

Yo admiro a muchas personas. Me gusta lo que representan, los valores que transmiten, sus actitudes o sus capacidades. Pero de ahí a decir que alguien es mi ídolo hay una distancia sideral. La solución a esto es bajar el listón. Encontrar a personas a las que poder admirar sin tener el impulso irrefrenable de defenderles en cualquier circunstancia. Porque los ídolos nos llegan más cuando son protagonistas de epopeyas grises, no héroes con historiales blancos e impolutos. Cuando tienen defectos y no un abanico de virtudes. Esos no existen en el mundo real. Ni siquiera tus padres son intachables. Hay que rebajar las exigencias al ídolo. Y no es malo.

Al leer la pregunta me vinieron dos personas a la cabeza. La primera fue Ricardo Darín. Yo no quiero parar de ser yo para comenzar a ser como él –ya, claro-, pero sí hay varias cosas suyas que me encantaría adquirir. Darín es un tipo elegante, sofisticado, de ojos claros y ultra talentoso. Le dijo que no a Tony Scott para trabajar en una película de Hollywood porque quería estar en casa descansando con su familia. Por eso y porque le ofrecieron interpretar a un narcotraficante mexicano. “En las películas del país que más droga consume en la faz de la tierra, todos los narcotraficantes son latinoamericanos”, evangelizó Darín en televisión explicándose.

La otra persona en la que pensé fue Maradona. Pero hablar de él en una entrevista de trabajo no parece ser lo más apropiado. Diego fue quien realmente hizo que tuviera que reinventar mi respuesta a qué es un ídolo, y si él es uno de los míos. Antes pensaba más en que el ídolo se trataba de alguien a quien merecía la pena tratar de imitar. Pero con el tiempo comprendí que cuando hablas de tus ídolos en realidad estás hablando de ti. De una combinación de virtudes y defectos. De nosotros siendo protagonistas de nuestras propias epopeyas grises. El tiempo dirá si nos terminaremos convirtiendo en héroes de historial blanco, pero yo deduzco que nunca lo seremos.

Nuestros ídolos hablan más de nosotros que de ellos mismos. Quizá por eso te lo preguntan en las entrevistas de trabajo. A mí, por suerte o por desgracia, no me lo terminaron preguntando. Imaginaos que digo que mi ídolo es Darín y me terminan contratando. Ni elegancia, ni sofisticación ni ojos claros. Sería la mayor apuesta a ciegas por el talento de la historia.

La semana pasada tuve mi primera entrevista de trabajo oficial. Salió bastante bien. Mañana firmo el contrato, salvo sorpresa de ultimísima hora. Supongo que esto traerá a mi vida algunos cambios. Podría tratar de especular sobre ellos pero prefiero que sea el tiempo quien me los vaya explicando poco a poco.

Lo que nunca cambiará es mi esfuerzo por reducir la influencia del azar. Ya aprendí que si él quiere puede coger la hoja de ruta y romperla en mil pedazos, pero yo por si acaso me sigo escribiendo una para mirarla si me hiciera falta. Para la entrevista de trabajo busqué las preguntas más enrevesadas que podrían hacerme y a imaginarme mi respuesta. Todas solían versar sobre situaciones que precisan de una respuesta casi instantánea, lo más unida posible a tu parte visceral. Pero una de ellas lleva varios días rondando mi cabeza y no se termina de marchar.

La pregunta era quién es tu ídolo y por qué. Sacando a familiares y amigos de la contestación, no sabéis lo mucho que me gustaría tener una respuesta argumentada y redonda, pero no es el caso. Dicen varias definiciones que un ídolo es la personificación en un solo cuerpo de todo aquello que querrías ser o parecer. Es tu versión utópica, en lo que te querrías convertir cuando te tocara dejar de ser un mamarracho. ¿Cómo se puede contestar a eso con claridad meridiana y sin ningún atisbo de duda? No solo en una entrevista de trabajo, sino también en el día a día, donde las respuestas son todavía más importantes.

Yo admiro a muchas personas. Me gusta lo que representan, los valores que transmiten, sus actitudes o sus capacidades. Pero de ahí a decir que alguien es mi ídolo hay una distancia sideral. La solución a esto es bajar el listón. Encontrar a personas a las que poder admirar sin tener el impulso irrefrenable de defenderles en cualquier circunstancia. Porque los ídolos nos llegan más cuando son protagonistas de epopeyas grises, no héroes con historiales blancos e impolutos. Cuando tienen defectos y no un abanico de virtudes. Esos no existen en el mundo real. Ni siquiera tus padres son intachables. Hay que rebajar las exigencias al ídolo. Y no es malo.

Al leer la pregunta me vinieron dos personas a la cabeza. La primera fue Ricardo Darín. Yo no quiero parar de ser yo para comenzar a ser como él –ya, claro-, pero sí hay varias cosas suyas que me encantaría adquirir. Darín es un tipo elegante, sofisticado, de ojos claros y ultra talentoso. Le dijo que no a Tony Scott para trabajar en una película de Hollywood porque quería estar en casa descansando con su familia. Por eso y porque le ofrecieron interpretar a un narcotraficante mexicano. “En las películas del país que más droga consume en la faz de la tierra, todos los narcotraficantes son latinoamericanos”, evangelizó Darín en televisión explicándose.

La otra persona en la que pensé fue Maradona. Pero hablar de él en una entrevista de trabajo no parece ser lo más apropiado. Diego fue quien realmente hizo que tuviera que reinventar mi respuesta a qué es un ídolo, y si él es uno de los míos. Antes pensaba más en que el ídolo se trataba de alguien a quien merecía la pena tratar de imitar. Pero con el tiempo comprendí que cuando hablas de tus ídolos en realidad estás hablando de ti. De una combinación de virtudes y defectos. De nosotros siendo protagonistas de nuestras propias epopeyas grises. El tiempo dirá si nos terminaremos convirtiendo en héroes de historial blanco, pero yo deduzco que nunca lo seremos.

Nuestros ídolos hablan más de nosotros que de ellos mismos. Quizá por eso te lo preguntan en las entrevistas de trabajo. A mí, por suerte o por desgracia, no me lo terminaron preguntando. Imaginaos que digo que mi ídolo es Darín y me terminan contratando. Ni elegancia, ni sofisticación ni ojos claros. Sería la mayor apuesta a ciegas por el talento de la historia.

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