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Dentro de un tiempo

Dentro de un tiempo

El pasado miércoles, que parece un día de la semana inofensivo, ocurrió lo que llevaba temiendo que pasara desde que me apunté al gimnasio: un tipo vino a decirme que parase porque lo estaba haciendo mal. El error en cuestión lo cometí haciendo dominadas, y sinceramente no recuerdo bien cuál era, porque estaba ocupado maldiciéndome a mí mismo por haber quedado en ridículo.

En ese momento revivieron los fantasmas, salieron de su escondite y se plantaron a mi lado. Hasta me rodearon con el brazo, y para ser fantasmas me hicieron un poco de daño. El tipo, experto en dominadas y más fuerte que la casa del tercer cerdito, seguía hablándome y hacía gestos con su cuerpo que yo no entendía. Se giraba y me daba la espalda a la vez que torcía el cuello y me miraba. Yo fingía escucharle y no prestarle toda mi atención a los fantasmas mientras tenía los brazos cruzados y muy apretados a mi cuerpo, que es por todos sabido la posición básica de defensa ante un ridículo en público. El tipo se giró de nuevo y apretó los puños a la altura de sus hombros mientras yo tragaba saliva porque se me secaba la garganta, que es por todos sabido un síntoma de haber hecho el ridículo en público.

A mí no me molesta que me corrijan. Me molesta quedar en ridículo. Asumo el error como algo natural y como parte del camino que recorremos, pero no tolero la vergüenza. Las personas como yo, que no nos gusta en absoluto llamar la atención, vivimos muy cómodos pasando desapercibidos. A veces preferiríamos ser llamados gente y no personas. Nosotros nos sentábamos en los asientos de la mitad del autobús en las excursiones del colegio, y nunca jamás le hemos dicho al camarero que nos disculpe pero que esto no es lo que habíamos pedido. Seguramente hayamos dejado escapar oportunidades y momentos de gloria por culpa de todo esto, pero qué más dará, pensamos.

Ese miedo siempre está ahí, escondido, agazapado entre los arbustos. Es tan silencioso que a veces te olvidas de que sigue presente. El tipo me sigue hablando y señala a una caja pegada a la pared. Sigo sin poder concentrarme en lo que me cuenta porque ahora el miedo se traslada a otros ámbitos. A lo mejor el ridículo está presente en otros sitios y nadie me lo ha dicho todavía. Si es así, ¿por qué no han venido a decírmelo? Eso sí que no lo perdono. Lo mínimo que podéis hacer es avisarme si estoy quedando mal. Y eso va también por mí mismo. Tengo un documento de Word que enviar. Sería la primera columna que te publican. ¿Y si es ridícula también?

Entonces, el tipo deja de hablar. Le miro rezando por que no me haya hecho ninguna pregunta. Dos ridículos seguidos no, por dios. Me hace un gesto con la mano y me dice: “pero no te preocupes, no es para tanto”. Le noto sinceridad en sus palabras. Levanto la vista y me fijo en que nadie está pendiente de lo que ha pasado. Tan solo este tipo, que ha venido a echarme una mano. Parece que realmente no ha sido para tanto. Relajo los brazos y los descruzo, y la garganta deja de estar seca poco a poco. Me acuerdo del documento de Word que tengo a medio escribir. A lo mejor no está tan mal.

“De hecho”, prosigue el tipo, “me recuerdas a mí cuando empecé”. Los fantasmas dejan de rodearme y se marchan por fin. Incluso me animo a hablar y todo: “Y tú me recuerdas a mí dentro de un tiempo”. El tipo se ríe. Si solo vais a creeros una frase de esta columna, que sea mi contestación.

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El pasado miércoles, que parece un día de la semana inofensivo, ocurrió lo que llevaba temiendo que pasara desde que me apunté al gimnasio: un tipo vino a decirme que parase porque lo estaba haciendo mal. El error en cuestión lo cometí haciendo dominadas, y sinceramente no recuerdo bien cuál era, porque estaba ocupado maldiciéndome a mí mismo por haber quedado en ridículo.

En ese momento revivieron los fantasmas, salieron de su escondite y se plantaron a mi lado. Hasta me rodearon con el brazo, y para ser fantasmas me hicieron un poco de daño. El tipo, experto en dominadas y más fuerte que la casa del tercer cerdito, seguía hablándome y hacía gestos con su cuerpo que yo no entendía. Se giraba y me daba la espalda a la vez que torcía el cuello y me miraba. Yo fingía escucharle y no prestarle toda mi atención a los fantasmas mientras tenía los brazos cruzados y muy apretados a mi cuerpo, que es por todos sabido la posición básica de defensa ante un ridículo en público. El tipo se giró de nuevo y apretó los puños a la altura de sus hombros mientras yo tragaba saliva porque se me secaba la garganta, que es por todos sabido un síntoma de haber hecho el ridículo en público.

A mí no me molesta que me corrijan. Me molesta quedar en ridículo. Asumo el error como algo natural y como parte del camino que recorremos, pero no tolero la vergüenza. Las personas como yo, que no nos gusta en absoluto llamar la atención, vivimos muy cómodos pasando desapercibidos. A veces preferiríamos ser llamados gente y no personas. Nosotros nos sentábamos en los asientos de la mitad del autobús en las excursiones del colegio, y nunca jamás le hemos dicho al camarero que nos disculpe pero que esto no es lo que habíamos pedido. Seguramente hayamos dejado escapar oportunidades y momentos de gloria por culpa de todo esto, pero qué más dará, pensamos.

Ese miedo siempre está ahí, escondido, agazapado entre los arbustos. Es tan silencioso que a veces te olvidas de que sigue presente. El tipo me sigue hablando y señala a una caja pegada a la pared. Sigo sin poder concentrarme en lo que me cuenta porque ahora el miedo se traslada a otros ámbitos. A lo mejor el ridículo está presente en otros sitios y nadie me lo ha dicho todavía. Si es así, ¿por qué no han venido a decírmelo? Eso sí que no lo perdono. Lo mínimo que podéis hacer es avisarme si estoy quedando mal. Y eso va también por mí mismo. Tengo un documento de Word que enviar. Sería la primera columna que te publican. ¿Y si es ridícula también?

Entonces, el tipo deja de hablar. Le miro rezando por que no me haya hecho ninguna pregunta. Dos ridículos seguidos no, por dios. Me hace un gesto con la mano y me dice: “pero no te preocupes, no es para tanto”. Le noto sinceridad en sus palabras. Levanto la vista y me fijo en que nadie está pendiente de lo que ha pasado. Tan solo este tipo, que ha venido a echarme una mano. Parece que realmente no ha sido para tanto. Relajo los brazos y los descruzo, y la garganta deja de estar seca poco a poco. Me acuerdo del documento de Word que tengo a medio escribir. A lo mejor no está tan mal.

“De hecho”, prosigue el tipo, “me recuerdas a mí cuando empecé”. Los fantasmas dejan de rodearme y se marchan por fin. Incluso me animo a hablar y todo: “Y tú me recuerdas a mí dentro de un tiempo”. El tipo se ríe. Si solo vais a creeros una frase de esta columna, que sea mi contestación.

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En ese momento revivieron los fantasmas, salieron de su escondite y se plantaron a mi lado. Hasta me rodearon con el brazo, y para ser fantasmas me hicieron un poco de daño. El tipo, experto en dominadas y más fuerte que la casa del tercer cerdito, seguía hablándome y hacía gestos con su cuerpo que yo no entendía. Se giraba y me daba la espalda a la vez que torcía el cuello y me miraba. Yo fingía escucharle y no prestarle toda mi atención a los fantasmas mientras tenía los brazos cruzados y muy apretados a mi cuerpo, que es por todos sabido la posición básica de defensa ante un ridículo en público. El tipo se giró de nuevo y apretó los puños a la altura de sus hombros mientras yo tragaba saliva porque se me secaba la garganta, que es por todos sabido un síntoma de haber hecho el ridículo en público.

A mí no me molesta que me corrijan. Me molesta quedar en ridículo. Asumo el error como algo natural y como parte del camino que recorremos, pero no tolero la vergüenza. Las personas como yo, que no nos gusta en absoluto llamar la atención, vivimos muy cómodos pasando desapercibidos. A veces preferiríamos ser llamados gente y no personas. Nosotros nos sentábamos en los asientos de la mitad del autobús en las excursiones del colegio, y nunca jamás le hemos dicho al camarero que nos disculpe pero que esto no es lo que habíamos pedido. Seguramente hayamos dejado escapar oportunidades y momentos de gloria por culpa de todo esto, pero qué más dará, pensamos.

Ese miedo siempre está ahí, escondido, agazapado entre los arbustos. Es tan silencioso que a veces te olvidas de que sigue presente. El tipo me sigue hablando y señala a una caja pegada a la pared. Sigo sin poder concentrarme en lo que me cuenta porque ahora el miedo se traslada a otros ámbitos. A lo mejor el ridículo está presente en otros sitios y nadie me lo ha dicho todavía. Si es así, ¿por qué no han venido a decírmelo? Eso sí que no lo perdono. Lo mínimo que podéis hacer es avisarme si estoy quedando mal. Y eso va también por mí mismo. Tengo un documento de Word que enviar. Sería la primera columna que te publican. ¿Y si es ridícula también?

Entonces, el tipo deja de hablar. Le miro rezando por que no me haya hecho ninguna pregunta. Dos ridículos seguidos no, por dios. Me hace un gesto con la mano y me dice: “pero no te preocupes, no es para tanto”. Le noto sinceridad en sus palabras. Levanto la vista y me fijo en que nadie está pendiente de lo que ha pasado. Tan solo este tipo, que ha venido a echarme una mano. Parece que realmente no ha sido para tanto. Relajo los brazos y los descruzo, y la garganta deja de estar seca poco a poco. Me acuerdo del documento de Word que tengo a medio escribir. A lo mejor no está tan mal.

“De hecho”, prosigue el tipo, “me recuerdas a mí cuando empecé”. Los fantasmas dejan de rodearme y se marchan por fin. Incluso me animo a hablar y todo: “Y tú me recuerdas a mí dentro de un tiempo”. El tipo se ríe. Si solo vais a creeros una frase de esta columna, que sea mi contestación.

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