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Los órganos suenan mejor

Los órganos suenan mejor

Ya no soy capaz de trabajar o estudiar con música de fondo. Antes solía hacerlo mucho, pero eso se terminó. Me es imposible ser funcional e impasible si comparto mi silencio con el elemento inerte más vivo del planeta. Antes podía. Antes en general todo era más fácil y mejor. Los órganos siempre sonaron mejor que los teclados electrónicos.

El alma guarda los recuerdos en envases de alrededor de tres minutos de duración. Cada uno de ellos lleva una etiqueta con instrucciones que dice “Siéntase algo al escucharlo”. Avisos del universo para que vivas más intensamente. Para que rías más alto cuando rías. Para que llores más lágrimas cuando llores. Un mundo sin canciones alegres sería difícil de soportar. Pero un mundo sin canciones tristes no duraría ni cinco minutos. La canción es la cámara que graba todos los momentos de tu vida. La canción es ‘Fourth Grade’ en la película ‘En los 90’. Con ellos luego crea un documental, y en montaje quedan fuera varios episodios. Nunca descarta los trágicos, eso sí. Para ellos siempre guarda las mejores escenas.

Mis canciones me acompañan donde quiera que vaya. Salgo de casa y me viene un recuerdo. Corro al andén y entro de refilón al tren como un ‘te quiero’ en mitad de una discusión. Las estaciones se suceden como las anécdotas en las sobremesas. Suena otra canción y otro recuerdo aparece. Aquí solía amar yo. Aquí entendí lo que quería explicarme de niño cuando decía que quería ser mayor. Me queman las manos. Están ardiendo. Antes tenían dónde agarrarse, pero ahora solo se tienen la una a la otra. Comienza otra canción. Un asiento queda libre y me acerco para ocuparlo. Estoy agotado y todavía no son ni las nueve de la mañana.

Trato de crear nuevos recuerdos. De escuchar nuevas canciones. Todavía no sé si me interesa acordarme de esto o no. Ahora hago lo que nunca antes hice: tratar de verle el lado bueno a las cosas. Admiro la capacidad de los letristas de condensar las vidas y las memorias de millones de personas en apenas veinte versos. Debe tratarse de un don divino. La voz se entrena. Pero la emoción se te puede otorgar al comenzar a existir, y solo tienes un momento para volver la posibilidad en realidad. Todos le escriben a alguien. Yo también. La cuestión es que nunca lo decimos y nunca lo diremos. Emocionarse con solo la palabra es posible pero requiere de un esfuerzo. La canción logra todo en muchísimo menos tiempo. Por eso tiene más mérito. Por eso todo el mundo tiene su canción. Con alguien, con algunos o consigo mismo.

Escuchar es recordar. Spotify te muestra de golpe y sin avisar las canciones que más escuchaste a lo largo del año. Quienes me conocen bien saben que digo que los balances de año hay que hacerlos en verano y no en Navidad, pero la voluntad de Spotify ha ido a misa esta semana. Canciones que te cogen de la mano y te llevan al sitio donde la disfrutabas. Señala con energía el punto débil de tu memoria. Tarareas la melodía con maestría mientras respiras profundo. Frenas la vorágine y drenas el tsunami. Las palabras se suceden. No volveré a estar aquí. Lo pasé genial en esa ocasión. Debería volver a hacer aquello. Nadie jamás te querrá como yo.

Así parece funcionar la memoria. Así es como mejor la comprendo yo. Interpretada en el auditorio más reverberante del mundo. Por eso fueron siempre mejores los órganos que los teclados electrónicos. Para que se escuche bien. Para que nos llegue a lo más hondo y nunca jamás se marche de allí.

Ya no soy capaz de trabajar o estudiar con música de fondo. Antes solía hacerlo mucho, pero eso se terminó. Me es imposible ser funcional e impasible si comparto mi silencio con el elemento inerte más vivo del planeta. Antes podía. Antes en general todo era más fácil y mejor. Los órganos siempre sonaron mejor que los teclados electrónicos.

El alma guarda los recuerdos en envases de alrededor de tres minutos de duración. Cada uno de ellos lleva una etiqueta con instrucciones que dice “Siéntase algo al escucharlo”. Avisos del universo para que vivas más intensamente. Para que rías más alto cuando rías. Para que llores más lágrimas cuando llores. Un mundo sin canciones alegres sería difícil de soportar. Pero un mundo sin canciones tristes no duraría ni cinco minutos. La canción es la cámara que graba todos los momentos de tu vida. La canción es ‘Fourth Grade’ en la película ‘En los 90’. Con ellos luego crea un documental, y en montaje quedan fuera varios episodios. Nunca descarta los trágicos, eso sí. Para ellos siempre guarda las mejores escenas.

Mis canciones me acompañan donde quiera que vaya. Salgo de casa y me viene un recuerdo. Corro al andén y entro de refilón al tren como un ‘te quiero’ en mitad de una discusión. Las estaciones se suceden como las anécdotas en las sobremesas. Suena otra canción y otro recuerdo aparece. Aquí solía amar yo. Aquí entendí lo que quería explicarme de niño cuando decía que quería ser mayor. Me queman las manos. Están ardiendo. Antes tenían dónde agarrarse, pero ahora solo se tienen la una a la otra. Comienza otra canción. Un asiento queda libre y me acerco para ocuparlo. Estoy agotado y todavía no son ni las nueve de la mañana.

Trato de crear nuevos recuerdos. De escuchar nuevas canciones. Todavía no sé si me interesa acordarme de esto o no. Ahora hago lo que nunca antes hice: tratar de verle el lado bueno a las cosas. Admiro la capacidad de los letristas de condensar las vidas y las memorias de millones de personas en apenas veinte versos. Debe tratarse de un don divino. La voz se entrena. Pero la emoción se te puede otorgar al comenzar a existir, y solo tienes un momento para volver la posibilidad en realidad. Todos le escriben a alguien. Yo también. La cuestión es que nunca lo decimos y nunca lo diremos. Emocionarse con solo la palabra es posible pero requiere de un esfuerzo. La canción logra todo en muchísimo menos tiempo. Por eso tiene más mérito. Por eso todo el mundo tiene su canción. Con alguien, con algunos o consigo mismo.

Escuchar es recordar. Spotify te muestra de golpe y sin avisar las canciones que más escuchaste a lo largo del año. Quienes me conocen bien saben que digo que los balances de año hay que hacerlos en verano y no en Navidad, pero la voluntad de Spotify ha ido a misa esta semana. Canciones que te cogen de la mano y te llevan al sitio donde la disfrutabas. Señala con energía el punto débil de tu memoria. Tarareas la melodía con maestría mientras respiras profundo. Frenas la vorágine y drenas el tsunami. Las palabras se suceden. No volveré a estar aquí. Lo pasé genial en esa ocasión. Debería volver a hacer aquello. Nadie jamás te querrá como yo.

Así parece funcionar la memoria. Así es como mejor la comprendo yo. Interpretada en el auditorio más reverberante del mundo. Por eso fueron siempre mejores los órganos que los teclados electrónicos. Para que se escuche bien. Para que nos llegue a lo más hondo y nunca jamás se marche de allí.

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