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Los “Expertos” TM

Los “Expertos” TM

"No importa lo que se puede comprobar: importa aquello que forma parte de una manera exclusiva y excluyente de entender la pandemia"

Ahora sí que se acaba. Los estertores podrán durar días, semanas o incluso meses, pero la parte más dura de esta pesadilla llamada “pandemia” se ha terminado. Quedarán para varias generaciones las consecuencias de haber sido la sociedad más preparada de la Historia para identificar una amenaza, y a pesar de ello la que con más virulencia ha sobrerreaccionado, si ponemos en una balanza los riesgos, los recursos, los perjuicios y los beneficios.

Tomemos nota de algo esencial: la humanidad no avanza de manera lineal, sino por contrastes frente a sus propias experiencias.

Y el contraste está a punto, aunque aún no lo veamos, de iniciarse. Un péndulo que cuando se mueva de verdad hacia el otro extremo abrirá un futuro que pinta mal para algunos: un futuro en el que tratarán de huir de su propia reputación. Por ejemplo, los dirigentes occidentales de todo color político que nos han hundido en el ostracismo de mascarillas medievales y pases discriminatorios, y que alargan la medidas para salvar el trasero de lo que ya es su naufragio garantizado; o los pagafantas de la hipocondría, el “zerocovid” o el periodismo de la “prudencia”, que todavía hoy aprovechan la más mínima ocasión para agitar el espantajo del miedo.

Pero por encima de todos, quienes pagarán cara su osadía serán los “expertos”, no todos los expertos, sino aquellos que han sido espoleados desde los medios mainstream para trasladar de forma casi inequívoca y sin solución de continuidad un mismo tipo de mensaje: el terror, la advertencia de olas siempre más contagiosas y letales que las anteriores, el inmovilismo con respecto a la recuperación de la normalidad, y la exigencia permanente de medidas más agresivas.

“Expertos” a los que han unido aficiones tan particulares como lanzar pronósticos fallidos una y otra vez; y que, en un inexplicable giro del guión y del concepto “experto”, a pesar de ello no ha significado que se les deje de considerar “expertos”. Antes bien, eso ha sido el pasaporte para incrementar hasta la náusea su presencia en televisiones, radios y otros medios, para recordarnos que lo hacíamos todo mal, que siempre era nuestra culpa, que no se nos podía dejar sueltos.

No es invento. Son palabras textuales. Por ejemplo, de algún exministro proclamado “calculadora”, capaz de regañar a la ciudadanía, porque no sabe comportarse si no tienen la mano echada al cuello. O que hace poco más de un mes celebraba las medidas en Alemania, omitiendo que la ola Ómicron no había hecho efecto aún en el país germánico. Y que por supuesto no ha reconocido el error cuando finalmente los contagios se han disparado en la “locomotora europea”.

No ha sido el único que ha jugado con los datos trampeados de Alemania. De la misma (infundada) opinión ha sido el urgenciólogo más televisivo de todos los tiempos, con el que las palabras se quedan cortas a la hora de describir este fenómeno de celebridad pandémica. Alguien que en agosto de 2020 alertaba de la “locura” de abrir los colegios, o en enero de 2021 exigía en público un confinamiento estricto, entre cientos de declaraciones similares que se pueden encontrar en la hemeroteca. Y que jamás se ha retractado de ellas incluso cuando las evidencias han demostrado que no había lugar a esas llamadas a la histeria… que ha sido (casi) siempre.

La tónica es igual se escoja al “experto” que se escoja. De quien nadie osa discutir su trayectoria, pongamos por caso, como directivo de la OMS. Lo que se discute es que nunca le haya temblado el pulso para avanzar cualquier apocalipsis, y tampoco haya encontrado tiempo después para disculparse por una alarma injustificada. Alarmas tan pornográficas como ese reciente vaticinio de que Ómicron llevaría a cifras de 100.000 hospitalizados en España, cifra que contrasta con los menos de 20.000 registrados en el pico de esta ola, y eso sumando hospitalizados POR Covid y CON Covid.

Alguien que, como los demás “expertos”, siempre que ha podido ha avanzado que lo peor llegaría “dentro de 10 o 15 días”, frase exacta del 10 de mayo de 2021 a propósito de las modestas celebraciones con motivo del fin del segundo e inconstitucional Estado de Alarma. Y la verdad es que no: ni el 20, ni el 25, ni el 30 de mayo, ni el 10 de junio, se registraron olas de tipo alguno. Y nunca jamás pidió perdón por jugar a los agoreros. Y sí, digo bien jugar: usar siempre la baza de los “15 días” es como apostar siempre a seisena en la ruleta. Al final, por pura estadística, aciertas.

No importa lo que se puede comprobar: importa aquello que forma parte de una manera exclusiva y excluyente de entender la pandemia. Da igual que no existan evidencias suficientes sobre la transmisión en según qué entornos. Lo que importa es encontrar un tonto útil al que achacar todos los males. Lo que importa es que si se le puede echar la culpa a la hostelería, se le debe echar. Un análisis frío demuestra las evidencias sobre lo posible que es compaginar periodos de baja transmisión y hostelería a pleno rendimiento. Pero da igual: se prefiere, misterios de la fama, el arte de la conjetura anticientífica.

Los “expertos” niegan las evidencias. Se les podría considerar los verdaderos negacionistas de la pandemia. A ellos, que son quienes se permiten tener el vocablo “negacionista” en la punta de la lengua, ya sea para hablar de las marionetas que todos conocemos, ya para tratar de desacreditar a los críticos con las restricciones y medidas. Es decir, quienes blanquean medidas que no son sanitarias, sino políticas, se permiten señalar a quienes exigimos que las políticas de salud pública se basen en evidencias, no en proyecciones sin demostrar, en modelos de laboratorio, y en la exigencia de cambios de modelo de vida de alcance virtualmente infinito. Y socialmente suicidas.

Todo ello mientras se lleva a la máxima expresión el teatro pandémico, como hablar en plena calle con una mascarilla ante los micrófonos de la televisión pública; o se alcanza el histrionismo de afirmar que un confinamiento iniciado solo siete días antes en 2020 habría salvado 20.000 vidas. Afirmación que acabará revelándose como completamente falsa, aunque todavía hoy a meta-análisis como el reciente de la Johns Hopkins, con todas sus lagunas, no les falten enemigos más centrados en la filiación electoralista de quienes lo han saludado con más entusiasmo, que en el hecho de ser un trabajo a partir de 34 estudios elegidos de entre casi 19.000 candidatos.

Y por si todo falla, siempre estarán a mano las tesis sobre los “aerosoles voladores infecciosos”, que han establecido buena parte de su celebridad pandémica sobre la base de un precepto tan discutible como aterrador: COVID “está en el aire”. No, señor mío, no: no es “en el aire”, es “por el aire bajo determinadas circunstancias”. Cosa que su principal promotor sabe perfectamente, aunque lo disimule, y que me he permitido afearle… y que él incluso ha tenido a bien aceptar a regañadientes, a pesar de haberme bloqueado tiempo después en la red social del pajarito azul.

La mayor lástima de todo esto es saber, de antemano, que tanto abuso pasará factura a estos “expertos”. Nadie duda, sería una osadía terrible, que sean grandísimos conocedores de sus especialidades. Lo lamentable es que a partir de sus visiones limitadas de la realidad hayan optado por dejarse querer por la celebridad fatua de las profecías, las advertencias, los señalamientos y lasafirmaciones que les perseguirán el resto de sus días. Como les perseguirán a aquellos que les dieron voz y alas, a quienes convenientemente hemos venido apuntando que sus “expertos” fallaban como escopetas de feria, y a pesar de ello les han seguido llamando en calidad de “expertos”.

La Historia puede llegar a ser cruel.

Incluso de manera injusta.

Pero ojo: rara vez perdona.

Y desde luego nunca olvida.

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