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Las mejores noches de nuestras vidas

Las mejores noches de nuestras vidas

"Las mejores noches de nuestras vidas saben a pizza precocinada, patatas fritas de bolsa y copas con Coca Cola con pocas burbujas"

Leí un tuit de la escritora Luna Miguel -que compartió universidad conmigo, por cierto- en el que hablaba sobre lo difícil que es escribir un texto cuya única razón de ser es una sola frase. El trigger, el desencadenante, es tan bueno que brota la necesidad de crear algo a su alrededor, aunque sea casi imposible. Como un outfit a partir de una camiseta en invierno.

Creo que escribir es un poco eso. Toparse con situaciones mágicas que merecen la pena ser contadas y tratar de no apagarlas demasiado al hablar sobre ellas. Por eso tardamos tanto en terminar nuestros textos y nunca estamos satisfechos con el resultado final.

Creo también que nuestras circunstancias tienen un impacto en nuestras vidas en las que no siempre caemos. Mi ejemplo personal es la forma en la que camino por la calle y me relaciono con los estímulos de la ciudad por culpa de mi miopía. Tengo gafas y no me quedan del todo mal, pero no las suelo llevar por la calle. Quiero decir, veo borroso pero es algo soportable. Quizá no reconozco rostros hasta que están a cierta distancia, pero ya está. Esto me ha hecho acostumbrarme a caminar sin fijarme en casi nada. Voy a lo mío, con la mirada hacia los edificios, el suelo o el cielo. Actúo distraído por si me cruzo con alguien que conozco, le miro y no le digo nada porque no le reconozco. Cuando voy en grupo trato de no ir el primero ni entrar el primero a ningún lado. Que entren los que ven y me cuenten, porque no pueden fiarse de mí. Me dejo agarrar del brazo y guiar.

En mi vida con mis amigos hago lo mismo. Lo que digan ellos. Les tengo confianza total y ciega. Se haga lo que se haga me va a gustar. Siento ser en ocasiones la persona que responde a todo con un “lo que queráis, me da igual”, pero es que es cierto. Me pidieron que escribiera esta columna sobre los dos días que pasamos juntos el pasado fin de semana y no puedo decirles que no. Espero que le haga honor no solo a los últimos días sino a todos los que han ocurrido antes.

Cada uno de nosotros con nuestros dardos clavados, con la sangre de las heridas más fresca o ya reseca pero siempre visible. Y cada uno de nosotros con nuestras historias de victoria que contamos trabándonos por culpa de la inmensa felicidad que no nos cabe en la boca y que nos esforzamos para mostrar. Y juntarse para compartirlo absolutamente todo. Y no tener casi nunca la solución a los problemas. Y tener siempre las mejores felicitaciones y alegrías más sinceras.

Las mejores noches de nuestras vidas saben a pizza precocinada, patatas fritas de bolsa y copas con Coca Cola con pocas burbujas. Las mejores noches de nuestras vidas nos dejan arañazos en la garganta y moratones por aparente generación espontánea en el cuerpo. Las mejores noches de nuestras vidas no nos conceden apenas horas de sueño. Las mejores noches las disfrutamos muy poco a poco porque no queremos que se terminen.

El mundo es un lugar muy complicado y nadie me lo explica. Puede que nuestros pasos no terminen llevándonos a ninguna parte. Pero en los altos en el camino, en los momentos en los que tratemos de comprender algo, recordaremos las mejores noches de nuestras vidas. Las que llegaron y las que están por llegar.

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