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Ideológicamente, Iglesias y Errejón fueron iguales, son iguales y seguirán siendo iguales: Una izquierda trasnochada que quiere recuperar una ideología caduca.

Solo tienen algo que les diferencia. Algo muy sencillo pero, conceptualmente, muy importante. Tan importante que ha terminado separándolos. Hablo de España. De España, de ese concepto de permanencia que mueve y seguirá moviendo a los habitantes de esta tierra y que, hoy, está tan denostado por la izquierda española, pero contra el que es imposible luchar.

Y ese concepto de España es el que ha achicharrado al Podemos que conocemos. Y se veía venir.

Iñigo Errejón, ante la deriva de Podemos, llevaba meses tratando de animar a los suyos a hablar sin complejos de España, con envidia, incluso, como ocurre en Europa. Podemos es la única izquierda del mundo que no tiene patria. Hasta reniega de la palabra España. Es famosa la declaración de Pablo Iglesias diciendo que era incapaz de decir la palabra España. No sabía que se estaba disparando en un pie.

“Yo estoy muy orgullo de mi país. Y el país del que estoy orgulloso, España, es un país que es puntero en libertad, en tolerancia, en avance de derechos, en democracia… Por lo que la democracia hay que cuidarla”, dijo Iñigo en laSexta el mismo día que cogió la mano de la alcaldesa de Madrid.

No busquen más justificaciones de la muerte de Podemos. Ha sido España.


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