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Estamos a finales de marzo y la Quinta de los Molinos ya está llena de almendros en flor, haciendo las delicias de todos los Instagramers. Desde hace semanas, hemos pasado los lunes, los martes, los miércoles y cada jornada al Sol, ya que este año la primavera no se ha adelantado unos días, sino unos meses. A todo el mundo le gusta pasear un sábado por la Gran Vía en manga corta, y una caña en una terraza es un planazo en momento. Todo esto es posible gracias al buen tiempo. ¿Buen tiempo? Y una mierda.

Nadie que tenga dos dedos de frente puede llamar buen tiempo a un invierno en el que se cuentan con los dedos de una mano las horas que ha llovido en Madrid. Buen tiempo hubiera sido un mes de febrero sin poder cerrar el paraguas, y no uno en el que el protocolo anticominación ha tenido que aplicarse casi cada mañana debido a las altísimas tasas de NO2.

Pero nosotros seguiremos quejándonos amargamente por no poder acceder con nuestros coches hasta la puerta del supermercado. Por tener que acostumbrarnos a tener que dejarlo en casa de vez en cuando porque en caso contrario tendríamos que salir con mascarilla a la calle, por tener que coger el transporte público. Seguiremos diciendo que nadie nos puede privar de nuestro derecho a circular por donde nos de la gana, mientras seguimos emitiendo cantidades ingentes de dióxido de carbono a una atmósfera que está, literalmente, al límite.

También pusimos el grito en el cielo cuando nos avisaron de que dejarían de dar bolsas de plástico en los comercios. ¿Cómo puede ser? ¿Dónde vamos a llevar la compra? Esa misma bolsa que, una vez llegues a casa, tiraremos a la basura (nada de reciclaje, que separar residuos nos cuesta tiempo y encima hay que comprar otro cubo) para que dentro de unos meses se junte con sus compañeras de PVC, polietileno o cualquier otro material no biodegradable en la isla de residuos del tamaño de Francia que actualmente flota en el Pacífico Norte.

La Aemet (Agencia Estatal de Meteorología) y el Ministerio para la Transición Ecológica, acaban de presentar un primer resumen del proyecto Open Data Climático, el cual explica con evidencias los impactos y consecuencias del calentamiento global en España en los últimos 40 años. Y nos llevamos varios premios, como el de país más árido de Europa, o nuestra nada desdeñable superficie del 74% del territorio en riesgo de desertización (en los últimos 30 años hemos acumulado un total de 30.000 kilómetros cuadrados de terreno con clima semiárido).

Así que la falta de lluvia no sólo ha provocado que podamos cenar en el balcón en enero, que mi piel esté como el cauce de un río seco debido a la falta de humedad y que los vendedores de paraguas estén al borde de la quiebra. También ha conseguido que, climatológicamente hablando, Madrid se parezca más a Bagdad que a París. Porque desgraciadamente, a nadie le sorprenden ya las olas de calor con 45 grados al mediodía y más de treinta a las doce de la noche o los veranos que se alargan hasta octubre.

Así que, por favor, quéjate todo lo que quieras. Sigue maldiciendo cuando vayas en el Metro porque no has podido mover el coche ese día. Que no se te olvide pelearte con todo Twitter diciendo que no tienes por qué pagar un extra por llevar la fruta en una bolsa. Pero, también por favor, respétalo. Recicla a regañadientes, pero recicla. Porque ya no sabemos si es demasiado tarde para dar la vuelta a la situación y evitar convertir Madrid, España y todo el planeta en un erial. Pero al menos no dejemos de intentarlo.


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