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Ya sé que vivimos tiempos poco dados a lo espiritual y religioso, pero no puedo menos que darle vueltas al hecho de que vamos a vivir toda la precampaña y campaña electoral en plena Cuaresma y Semana Santa. Las cosas no ocurren porque sí. Algo querrá decir esta confluencia de fechas.

No sigo con asiduidad las lecturas y reflexiones de la Iglesia sobre el calendario litúrgico, pero, al caer en la cuenta de que los Carnavales habían terminado y que Doña Cuaresma iniciaba su andadura, justo cuando los partidos políticos se embarcaban en el viacrucis electoral, no he podido por menos que vestirme de penitente y echarme a la calle.

Penitente literal. No uno de esos de capirote, a los que llaman también nazarenos, capuchinos, disciplinantes, cofrades encapuchados, flagelados o no. Me refiero a uno de esos penitentes cotidianos que vagan por los barrios cada día del año. Me ha servido de disculpa el hecho de que el médico me haya aconsejado quemar el excedente de calorías a base de andar unos kilómetros al día.

No debo componer una imagen nada halagüeña embutido en unos viejos pantalones de chándal, una camiseta atemporal, un forro polar descolorido, calando una gorra de amplia visera y, eso sí, calzado unas buenas deportivas. Que para andar lo único importante son las zapatillas.

Así, de esta guisa, mirado de espaldas, a la puerta de un supermercado, hasta quien me conoce, llega a dudar si no seré un indigente al que negar una moneda. O si soy yo, metamorfoseado.

Habrá quien piense lo mal que me habrá ido la vida para que me vea en éstas. No en vano habrán visto por la tele reportajes sobre casos en los que una depresión, un despido, un mal golpe de la vida, te arroja a la calle de los sin techo.

La verdad, que podría haberme comprado un equipamiento completo a base de camisetas térmicas, mallas largas y cortas, chaqueta con y sin capucha, chubasquero. Una gorra un poquito más estilosa. Todo a precio casi ridículo. Me gustaría ver la ropa que visten quienes fabrican estas prendas hacinados en fábricas, que más merecerían el nombre de campos de trabajos forzados, a miles de kilómetros de aquí. Pero me perdería esta experiencia aventurera de escuchar, ver, olisquear por el callejero.

Tomar el bus y bajarte un día en el Retiro y otro en el Alto del Arenal. O bien el metro y subir a la superficie en Tribunal, o alejarte un poquito más hasta Valdeacederas. En otras ocasiones, tomar la línea 3 que acababa en Legazpi y prolongarte hasta Villaverde Alto. O, ya puestos, subirse en un tren de cercanías y acabar un día en Aranjuez y otro en Fuenlabrada.

Una vez allí, patear las calles y escuchar a la gente hablar en los bancos de los parques, en las terrazas de los bares, en los mercadillos callejeros, a las puertas de los colegios. Los abuelos hablan de sus hijos, parados, precarios y a la espera de saltar a la categoría de mileuristas, mientras cuidan inevitablemente a sus nietos, con los que echan más horas que los propios padres.

Los jóvenes pelan la pava a la puerta de los institutos, entre clase y clase, entretenidos en debatir sobre feminismos, concertar quedadas, comentar jugadas de sus profesores y las últimas novedades virales en youtube.

Carrito de la compra en ristre, hay quienes se despachan a gusto con la suciedad de las calles, las obras interminables, siempre inacabadas, o nunca comenzadas, los precios de los alquileres, los insufribles trabajos sin horario fijo, ni salario decente. La insuficiencia de las pensiones y la subida intratable de los precios de productos y suministros básicos. Dónde irán de vacaciones este año, o si este año no podrán tener vacaciones.

Es entonces cuando pienso en los políticos. Sus filias, sus fobias, sus egos imposibles. Andan con sus banderas, sus lazos, sus pistolas (o desarmados), sus festejos taurinos, sus enjundiosos debates sobre el Valle de los Caídos, sus monarquías y repúblicas, sus inmigrantes ciudadanos de segunda, el aborto, la muerte digna, su derecho a decidir depende qué, depende quién.

Se me ocurre que podrían poner un poquito de empatía para escuchar, hablar, entender el lenguaje de la gente y compartir sus problemas. Harían bien en ofrecer más soluciones negociadas y menos doctrinarismo caduco. Porque los votos a cualquier precio no son buenos, porque los penitentes del día a día, merecen algo más que elegir el color de los capirotes.


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