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De nuevo nos acercamos al final de curso. Entretenidos como andamos con las elecciones municipales, autonómicas y europeas, no nos damos cuenta de la que se nos viene encima. Por segundo año consecutivo se produce el traslado de los exámenes de septiembre a junio. Parece que lo que el año pasado fue desconcierto va camino de transformarse este año en caótico desorden.

El profesorado dedicará los últimos días de mayo a realizar las evaluaciones finales. Quienes suspendan alguna asignatura recibirán clases de refuerzo y recuperación para someterse en pocos días a un examen que antes se celebraba en septiembre. Quienes hayan aprobado dejarán de ir a clase por su cuenta y riesgo, o bien acudirán a las aulas a ver películas y realizar diversas actividades de entretenimiento. Educativas a veces, pero de entretenimiento.

No sé si es cierto lo que afirman quienes en algún despacho han tomado la decisión sobre la ocurrencia. Me refiero a eso de que total da igual junio que septiembre, porque durante el verano la chavalería se toca las narices y no recupera nada de nada. Lo que sí sé es que en toda España hay 200 días lectivos al cabo del curso y, por obra y gracia del gobierno de la Comunidad de Madrid, los lectivos de junio se pierden para una parte importante del alumnado.

Quienes han suspendido, no tienen que recuperar todas las asignaturas. En cuanto al profesorado, o bien se toma en serio la difícil tarea de hacer aprobar asignaturas de todo un curso a machamartillo, o se dedica al entretenimiento del resto del personal. Lo uno y lo otro, en tan pocos días, es imposible.

Como novedad de este año nos encontramos con la demostración de la afirmación de Aristóteles, según la cual la naturaleza aborrece el vacío, a la que Galileo terminó añadiendo que sólo hasta cierto límite y sin entrar en los posteriores debates experimentales de Torricelli, o de Pascal, que demostraron la existencia del vacío.

Así, diversas empresas privadas de ocio, tiempo libre, entretenimiento, o actividades extraescolares, se han dirigido a las AMPAS y Direcciones de los colegios e institutos para ofrecer sus servicios de campamentos veraniegos, de inmersión lingüística, o de ocio-aventura, a precio módico, para liberar a las familias de la rebelión en las casas y a los centros de la rebelión en las aulas.

Soy de los que entienden que si todos los españoles y españolas tenemos un derecho constitucional a la educación hasta el nivel de la Enseñanza Secundaria Obligatoria (ESO), el propio nombre indica que todas y todos deberíamos alcanzar, al menos, ese nivel educativo, sin suspenso alguno que lo impida. Cada suspenso, cada abandono, es el fracaso de todo el sistema educativo, de la política y de toda la sociedad.

Soy de los que cree firmemente que la educación es fundamental y que no depende exclusivamente del colegio, o del instituto. Si así fuera no tendría explicación que el fracaso escolar y el abandono educativo temprano se termine cebando especialmente en las clases más bajas, mientras en las clases altas hasta el más tonto acaba haciendo relojes.

Pero dicho esto, creo que si la ley establece un número de días lectivos, los mismos deben ser efectivos para todas y todos. Si hay que reforzar el número de profesoras y profesores para hacer realidad los repasos, recuperaciones, refuerzos, compensación educativa, a lo largo del curso escolar, habrá que hacerlo.

Pero este desmadre, o despadre, este caos y barullo de cada final de curso al que se enfrentan familias y profesorado no debería pervivir ni un año más. Lo dicho, entre tanto entretenimiento electoral, no sé qué opinan los candidatos. Ni tan siquiera sé si opinan algo, o prefieren mirar para otro lado.