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Que vivimos una situación difícil es algo que nadie en su sano juicio se atreve a poner en duda. Sin embargo el problema no es saber dónde estamos los muchos Nadies que poblamos los aledaños de los mundos modernos. El problema es saber cómo estamos y qué posibilidades tenemos de salir bien parados de ésta.

Llegan las Navidades, extrañas como nunca, extrañadas, desconocidas. Muy pocos de entre los vivos recordarán Navidades como las que se avecinan, tal vez más pobres sí, menos pacíficas también, pero tan insólitas no. Y mira que tenemos vistas cosas.

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-Los Nadies, los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos: Que no son aunque sean,

de los cuales nos hablaba Galeano.

Y en estas llegan los alcaldes y deciden poner más luces que nunca para alegrar un poco los duros días de los que venimos y para iluminar las oscuras noches que se avecinan. Y llega el de Madrid, capital de las muchas Españas que componen España y se lía la manta a la cabeza y encarga más de un kilómetro de bandera nacional entre Neptuno y Colón.

En el mejor de los casos debo suponer que quiere el prócer unir a todos los madrileños, aunque no sería extraño que lo que intentara es tapar la fuga de votos hacia la ultraderecha, demostrando de una vez por todas quien es el que tiene la bandera más larga. 

Después de la que ha montado emprendiéndola a martillazos con la placa de Largo Caballero, Presidente del Consejo de Ministros de la República, el día en que cumplía 151 años, ya no sé qué pensar sobre la voluntad de unir que tenga este Alcalde, con la ayuda de su primera teniente y forzado por los neofranquistas que le prestan los votos a cambio de piquetas. 

Aunque con Pérez-Reverte mantengo serios puntos de desencuentro, concuerdo con él en alguna de sus afirmaciones sobre banderas,

-Desprecio profundamente las banderas (en mi vida he visto a demasiados hijos de puta agitarlas y envolverse en ellas, dentro y fuera de España), pero respeto, incluso a veces envidio, a quienes creen honradamente en ellas. 

Esa es la clave, honradamente. Sólo quienes son honrados, honestos, fiables, se salvarán de la quema que se avecina. Son las sociedades que han sabido poner en valor el autocontrol y no la amenaza de castigo las que están sabiendo aplicar mejor las medidas que todos los expertos epidemiólogos recomiendan:

Usar las 3M (mascarillas, metros, manos) y evitar las 3C (concentraciones, lugares cerrados, cercanía) parece que siguen siendo la clave para controlar la expansión descontrolada de la pandemia. O lo tenemos interiorizado y lo aplicamos por solidaridad y egoísmo (buscando lo mejor para nosotros y para los demás, porque a su vez es lo mejor para nosotros), o no hay multas, limitaciones, confinamientos y cierres que valgan.

No podemos combatir una pandemia con un primer empujón de confinamiento, aplausos, lágrimas y solidaridad, para desescalar como lo hemos hecho, sin orden ni concierto. Los espacios cerrados, sean centros educativos, transportes públicos, centros de trabajo, o restaurantes, son focos de contagio. Las reuniones familiares, los botellones en los parques, las fiestas clandestinas, son focos de contagio. 

La verdadera patria, la única bandera, la más ferviente religión, las creencias profundas, la ética más íntegra, se llevan en nuestro interior en forma de afecto hacia nuestros vecinos, de aprecio por la vida de los demás, respeto por todas las vidas amenazadas y memoria de todas las vidas perdidas. Esa es mi patria, esa es mi bandera. La única que merece la pena enarbolar cada día y en cada Navidad. 

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