Si hace un año nos hubieran vaticinado que viviríamos unas Navidades tan extrañas como las de 2020 no lo hubiéramos creído. Era impensable un año como el que hemos atravesado, cargado de infortunios, confinamientos forzados, enfermedad y muerte. No entraba en nuestros cálculos, no entraba en ninguna de nuestras peores previsiones. Y, sin embargo, aquí estamos, a punto de celebrar la Navidad, la más extraña de nuestras vidas. 

Diez meses, los transcurridos entre marzo y finales de año, nos han hecho ver lo endeble del mundo que hemos construido. Hemos visto poderosos sectores económicos que se desplomaban como castillos de naipes, empleos que desaparecían, mientras otros sectores y otros empleos adquirían una pujanza inesperada. 



Se han dejado de vender automóviles y se han casi paralizado los viajes turísticos en avión, dejando a quienes trabajaban en ellos en el paro, o en el mejor de los casos en el ERTE. Sin embargo sectores como los de distribución a domicilio, entretenimiento online y, en general los vinculados a las nuevas tecnologías, han tenido una expansión muy importante. 

La pandemia ha puesto de relieve las carencias en materia sanitaria, la debilidad de los servicios sociales, las dificultades de la educación para asegurar la formación universal en estas condiciones, o en la dificultad para atender los problemas de prestación servicios a las personas desde administraciones y empresas.

Hemos comprobado cómo uno de los millones de virus que circulan por el planeta ha desbordado a los científicos, a los profesionales de todo tipo, a nuestra clase política, que nos han ido trasladando instrucciones contradictorias y alternativamente opuestas. 

Mascarillas no, mascarillas sí, antígenos, o PCR, un metro, metro y medio, dos metros de distancia, abro fronteras, cierro fronteras, abro y cierro terrazas, cines, centros comerciales, salvar la Navidad, incrementar las restricciones por Navidad. Lo peor es que muchas de estas decisiones no se justifican en criterios sanitarios, sino que se sustentan en un desesperado intento de solucionar problemas económicos.

Esta pandemia nos ha enseñado que la vida es lo único que tenemos, lo único que debemos cuidar entre todos, lo único a lo que todos deberíamos dedicarnos. Y hay algo que entre todos los mensajes contradictorios para salvar nuestras vidas siempre ha funcionado: Guardar las 3M y evitar las 3C. 

Hay que guardar metros de distancia, hay que usar mascarilla y hay que lavarse frecuentemente las manos. Hay que huir de concentraciones, evitar la cercanía, no permanecer en espacios cerrados. Cada vez que hemos vulnerado estas sencillas normas han aumentado los contagios, han aumentado las hospitalizaciones y las muertes. 

Es cierto que este virus no es mortal para la mayoría, pero es muy contagioso y hace que si los contagios aumentan mucho, también aumente el número de casos graves (con el riesgo de colapsar las infraestructuras sanitarias) y consiguientemente las muertes. 

Es cierto que estamos ya cerca de tener las primeras vacunas, en Gran Bretaña han vacunado a más de 137.000 personas. A ese ritmo en España tardaríamos casi 350 semanas para vacunar a toda la población española. Seremos bastante más ágiles, por supuesto, pero aún así parece evidente que necesitaremos seguir usando las famosas reglas durante bastantes meses. 

Las fiestas navideñas, el año nuevo están ya encima. No hay policía suficiente para asegurar el estricto cumplimiento de las dispersas decisiones adoptadas por cada Comunidad Autónoma. Por eso somos nosotros, está en nuestras manos, el ejercicio de la responsabilidad y el autocontrol, la libre decisión de cortar el ascenso de la pandemia. 

Demostrar que somos pueblo, un grupo numeroso de seres humanos, unido por una voluntad compartida de ayudarnos a vivir, ponerlo fácil, sentirnos parte de algo más que nuestro propio individualismo egocéntrico y egoísta. Podemos hacerlo, aunque no siempre queremos, no todos queremos. 

Por lo demás, Felices Fiestas.




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