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Hacia el fin de la mascarilla obligatoria… en interiores

Es hora de defender, de manera lógica, argumentada y sensata, el fin de la mascarilla como medida obligatoria y concebida como prevención colectiva, en cualquier espacio, interior o exterior. Contra lo que pudiera pensarse, esta argumentación no va ligada a la incidencia epidemiológica ni a la inexistente presión hospitalaria, ya que curvas epidémicas y mandatos de mascarilla nunca han ido de la mano, evidencia para la que basta con quitarse las gafas del relato y ponerse las del dato. 

El uso correcto de las mascarillas quizá (solo quizá, y solo en ciertas circunstancias) podría resultar útil. Pero precisamente se está haciendo un uso “incorrecto”, y demostrarlo es el propósito de este artículo. Por tanto, no se pone aquí en tela de juicio su empleo particular, sino la obligatoriedad como medida preventiva de carácter colectivo.

Formulemos una pregunta, sencilla, directa: ¿se transmite este virus mayoritariamente por aerosoles? Sí o no. No vale hacerse trampas al solitario con la respuesta: o es un sí, o es un no. Spoiler: sea cual sea la respuesta, el resultado será el mismo. Vamos a explicar por qué.

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Aceptemos que la respuesta es sí (que ya es mucho aceptar). Que se transmite mayoritariamente por aerosoles. Tanto si aplicamos al concepto “aerosol” el valor tradicional de referencia (5 micras) como si aceptamos la elevación de ese valor hasta las 100 micras como defienden los “teóricos del contagio por aerosoles”, debemos plantearnos una segunda pregunta: ¿sabemos algo de la eficiencia de las mascarillas frente a los aerosoles? 

Y la respuesta es sí. Sabemos que las de tipo quirúrgico filtran como mucho un 10% de los aerosoles, y que las de tipo tela (ni hablemos de la absurda moda de las de rejilla semitransparente), no filtran prácticamente ninguno. Sabemos, también, que las denominadas FFP2 sí filtran en torno al 95% de estas partículas, especialmente las de mayor tamaño, que son por otro lado las que menos lejos “viajan”. Pero, ojo, para eso deben ser nuevas en cada uso, estar perfectamente ajustadas y ser usadas por el tiempo estipulado por el fabricante, que suele ser un máximo de 8 horas. De ahí en adelante, mascarillas más “estrictas”, como las FFP3, las elastoméricas, u otras que logran hacernos parecer un cruce entre Darth Vader y V de Vendetta, evidentemente funcionan frente a los “aerosoles”.

Ahora bien, ¿qué mascarillas usa normalmente la gente? Sin más datos que la pura observación del día a día (lamento si esto lastra el análisis), es razonable afirmar que en torno a un 30% de los ciudadanos emplean las de tela y diseños varios, otro 30% las de tipo quirúrgico, y otro 30% las tipo FFP2, dejando un 10% (que ya es dejar) para mascarillas de tipo “avanzado”. Sumemos ahora que al menos la mitad de los usos NO cumple con los criterios técnicos exigibles, especialmente ajustes perfectos y tiempos de empleo. Y añadamos que en su mayoría se usan “de aquella manera”: de la cara al bolso, del bolso al codo, del codo de nuevo a la cara, de la cara a la muñeca, de la muñeca al bolsillo, del bolsillo otra vez a la cara… y un largo etcétera. 

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Es decir, haciendo una simple operación matemática, tendríamos que como máximo y estirando mucho las cifras, solo un 28% de las mascarillas están siendo verdaderamente efectivas contra los aerosoles. Eso deja un nada halagüeño 72% de ineficacia a la vista. Ergo, imponer por ley una “prenda” que es ineficaz en como mínimo 7 de cada 10 ocasiones es todo un brindis al sol, tanto legal como epidemiológico. Es hacer obligatorio un amuleto, un talismán sin más respaldo científico que el wishful thinking de ponernos una barrera más psicológica que fisiológica, para hacernos partícipes de una conciencia colectiva de pandemia.

Hacia el fin de la mascarilla obligatoria… en interiores 1

Al margen de esto tenemos casuísticas tan de vergüenza ajena como las de los gimnasios, en cuyo uso se empeñan nuestras autoridades sabiendo, como saben, que es una guarrada tan antihigiénica como ineficaz. Ahí, sudadas y mil veces reubicadas, las mascarillas tienen una eficacia para un virus “aéreo” exactamente igual a cero. 

¿Qué sucede si la respuesta a la pregunta principal es NO? Es decir: el SARS-CoV-2 NO se transmite mayoritariamente por aerosoles, sino por gotículas, contacto directo y estrecho, y vinculado a conceptos como tiempo de exposición, carga viral y susceptibilidad del sujeto receptor. En este caso, es de una evidencia tan abrumadora como estridente que el empleo de mascarillas como medida de protección colectiva y universal es, hablando mal y pronto, mear fuera del tiesto. Imponer por ley su uso en cualquier interior tiene una única función: garantizar que en los contactos personales, ya sean ocasionales o de cierta duración, sigamos haciendo uso de ellas. Y punto. Es decir: se obliga a su uso un 100% del tiempo en un interior para garantizar su empleo donde quizá podría resultar útil.

Si es mayoritariamente por aerosoles, como medida colectiva no se cumplen los estándares para asignar medalla alguna a las mascarillas. Si no es mayoritariamente por aerosoles, su uso en todos los interiores por ley no es más que una obsesión hipergarantista. 

Y si, ahora sí, a ello sumamos la incuestionable mejora de la situación epidemiológica, que además lo es ya a largo plazo, y por mucho “y si sí” que queramos conjugar, mantener su uso como medida colectiva y obligatoria es una muestra total y absoluta de pseudociencia. Que alcanza el estadio máximo de la magufada contumaz y sistemática cuando, en boca de nuestra ministra Carolina Darias, seguirá siendo obligatoria “mientras existan gripes y otros virus respiratorios”. 

Así que, señora ministra: NO. Las magufadas acientíficas para su esfera privada, todas las que quiera. Pero para establecer políticas de salud pública eficientes, no me venda motos gripadas. Países como Reino Unido, Dinamarca, Suecia, Holanda o Noruega, amén de numerosos estados norteamericanos, lo tienen ya claro. Salvo que usted quiera señalar a todos sus gobiernos como asesinos de sus propios súbditos, el verdadero negacionismo quizá lo representa mantener medidas sine die, especialmente en un país como el nuestro, líder mundial en porcentaje de población con doble pauta de vacunación. ¿Acaso no cree usted en las vacunas?

Por último, puede quedar quien piense que, “por si acaso” (siempre es por si acaso), deberían imponerse de forma obligatoria las FFP2 o de grado superior. Ya, pero es que esa decisión ya se adoptó en Alemania meses atrás con… prácticamente cero resultados. Así que guiémonos de una vez por las evidencias y la lógica, y adoptemos la única política de salud pública aceptable: eliminar su obligatoriedad, y que quede como medida voluntaria para quien quiera sentirse protegido.

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