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La anomalía enmascarada

"La mascarilla se ha convertido en el principal dogma de los negacionistas de la realidad"

“Los expertos avisan de una séptima ola”. El horror en Ucrania parecía haber dado la puntilla definitiva a la pandemia en España, mantenida artificialmente por medios de comunicación y todos esos médicos, virólogos o epidemiólogos advenedizos que prefieren ver a la población atemorizada antes de perder sus 15 minutos de fama que (salvo que alguien demuestre lo contrario) Andy Warhol aseguró que a todos nos corresponden.

Pero, desgraciadamente, no es así. El coronavirus y toda la estela que deja siguen rascando cuota de pantalla, recordándonos a diario que aún existe un peligro mortal si hacemos una cena con mucha gente o si nos bajamos la mascarilla en el ascensor. Porque lo que un día nos fue vendido (sin pruebas) como nuestro principal aliado contra “el bicho”, ahora se ha convertido en el principal dogma de los negacionistas de la realidad. En otras palabras, el tumor, a erradicar, de la anomalía que aún vivimos.

Todas las olas, sin importar el pico, han tenido un rasgo común: la obligatoriedad del “bozal”. Y, por tanto, su manifiesta ineficacia. Me explico. Este elemento podría ser seguro si se usara de manera adecuada (nada de bajársela para rascarse la nariz o desajustarla un poco para respirar mejor), algo quimérico para el 99% de la población. Todo lo demás es mantener esa cadena a la que nos han atado, recordándonos que la emergencia sanitaria, esa que ya no es ni urgente ni sanitaria, sigue en pie.

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Es entristecedor ver todavía a miles de personas por la calle aferrarse a su FFP2, como si con ella estuviera a salvo de todos los males del universo. Es, de hecho, muy probable que no vuelvan a cruzar el umbral de su casa sin ella. Pero no pueden pagar justos por pecadores. O, mejor dicho, pragmáticos por temerosos. Es el momento de eliminarla para siempre de nuestras vidas, tal y como está sucediendo en el resto de países de nuestro entono. Y que aquel que quiera exhibirla, igual que ese amigo que siempre usa el mismo bolígrafo en los exámenes, se la deje hasta para ducharse.

Hace justo dos años nos encarcelaron en casa. Meses y meses en los que nos han restringido derechos fundamentales sin base legal y, lo peor de todo, sin base científica. Quizá con el primer embate, con todo el mundo a ciegas, no quedó más remedio. Pero hace ya demasiado que estamos matando moscas a cañonazos, dejando demasiadas víctimas por el camino. Cada minuto que pasa es una ocasión perdida para poner fin a esta locura y, desgraciadamente, ya vamos tarde para derribar el último símbolo de la dictadura sanitaria. Pero más vale tarde que nunca.

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