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El Padrino se asoma

El Padrino se asoma

"De unos meses para acá vengo habitando la realidad pero no formando parte de ella"

Dicen que leer significa transportarse a otro mundo. A otra realidad. De pequeño solía leer muchísimo. No pasaba nunca por mi realidad. Solo las veces justas para aclarar que de alguna manera seguía allí. Ahora que me siento tan desconectado de la realidad, estoy tratando de leer más. Me he lanzado hacia ‘El Padrino’.

Estoy tan desconectado del resto del mundo que ni siquiera he visto nunca la película. Y es fabuloso no haberlo hecho, porque llevo apenas cincuenta páginas del libro y me muero de ganas de saber qué tiene que decirle el Don a su hijo Michael una vez termine sus estudios, de qué pasará con Tom Hagen una vez el antiguo consiglieri haya fallecido y de cómo conseguirán reflotar la carrera del desgraciado Johnny Fontane. Me pregunto si alguien del mundo real habrá podido llegar alguna vez a la posición de Vito Corleone, para quien el grito de la ley supone algo tan baladí como el trino vespertino de los jilgueros. Estoy convencido de que más de un Corleone ha pisado la faz de la Tierra. La habrá incluso moldeado con sus huellas.

Me encanta también lo abstraídos de la realidad que parecen los miembros de la familia. No tienen que preocuparse por encontrar trabajo, por pagar las facturas, por los vecinos molestos o por las malas compañías. Algún día se les esfumarán los privilegios, pero el resto de días no. Seguirán flotando a su alrededor. Ojalá experimentar ese ensimismamiento perpetuo. Ojalá ser un sobrino de don Vito Corleone: a la distancia adecuada para no verme salpicado por lo que ellos tuvieran que hacer, pero también para poder lanzarme de bomba a la piscina de certezas y atajos que me ofrecería mi magnífico apellido.

De unos meses para acá vengo habitando la realidad pero no formando parte de ella. Siendo sobrino de Corleone, pero no de facto. Viviendo, sí, pero no viviendo. Nadie tiene la culpa. Y tampoco hay motivos para entenderlo como algo negativo. Ni lastima, ni corta ni escuece luego. Simplemente ocurre. Pasé de puntillas por la crisis del PP. Opiné lo justo, delante de mi padre y en mi casa. La guerra entre Ucrania y Rusia me ha preocupado e interesado, por supuesto. Pero no tanto como le habría preocupado e interesado al Alberto de hace un tiempo. La actitud se resume en gestos de pulgares arriba y asentimientos cortos mirando al tendido.

Temo estar llegando al momento de todas las vidas en el que realmente te conformas con todo. Yo suelo pensar mucho con un “para qué” como entradilla, pero no lo aplico demasiadas veces. Siempre quise caminar por las calles afirmando lo poco o nada que me importan la mayoría de las cosas que suceden en ellas. Pero ahora que estoy más cerca de hacerlo me da pánico. No quiero perder mi empatía. Cuando éramos más jóvenes soñábamos con cambiar el mundo. Una vez lo vimos por dentro, una vez lo conocimos mejor, nos basta con no empeore demasiado. Es una lástima. Quizá sí sea cierto aquello que nos decían de que los años te vuelven más conservador y, a veces, menos humano.

Es complicado. No me disgusta esta indiferencia hacia la realidad, pero tampoco me gusta del todo. Le hago feos y carantoñas simultáneamente. Me gusta mucho mirar a la gente por la calle y tratar de imaginarme cómo serán sus vidas. Me encanta levantar la vista hacia los balcones y descifrar si detrás de las tenues luces ámbar de las lámparas de mesa hay personas triunfando, fracasando o en mitad de camino. Pero también me seduce pasear sin mirar a nadie más que a mí mismo. Como el resto fueran solo extras de la película basada en un libro escrito sobre mí.

Don Corleone soluciona todos los problemas de sus amigos y ahijados. Ellos se asoman al abismo de la realidad solo cuando les apetece, y con una cuerda de seguridad atada a sus caderas. Nunca van a caerse. Creo que los que no tenemos más remedio que asomarnos debemos hasta lanzarnos al abismo. A la realidad. También concedernos temporadas de espaldas al salto, pero siempre con el recuerdo en la cabeza de que hay que girarse dentro de un rato.

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