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Bailando con máquinas

Bailando con máquinas

"Te atienda quien consigas que te atienda, el primer contacto siempre es con una máquina"

A eso se reduce nuestro futuro. Nos vimos transformados en vidas precarias a partir de que la crisis financiera de 2008 se conviertiera en fenómeno global que destrozó la economía, los empleos, la sociedad y hasta la política. Quedó entonces sembrada una desconfianza que desembocó en una “nueva política” de cortos vuelos, pero que dejó a cualquier partido político y a muchas organizaciones sociales, a merced de una desconfianza generalizada.

Así las cosas, la única oportunidad para el planeta parecía venir de la revolución tecnológica que iba a dar respuestas a todos los problemas imaginables de forma mucho más acertada y mucho más rápida. No en vano los algoritmos reproducen el pensamiento humano, pero de forma acelerada y geométrica.

Luego llegó la pandemia y terminó de arrojarnos bajo los cascos del algoritmo que, como el diablo, es uno y es legión. Los algoritmos son los responsables de que personas de todas las edades nos hayamos visto obligadas a tratar de tú a tú con máquinas para realizar cualquier gestión de aquellas que antes se realizaban mayoritariamente de forma presencial.

Bailamos con máquinas para cobrar el paro, para obtener una cita médica, pagar cualquier impuesto, o tasa, comprar un billete, reclamar sobre el recibo de la luz, informar de un problema con el suministro de gas, o intentar solucionar un problema con el teléfono.

El caso es que te puedes relacionar con la máquina que te responde en una red social, en la página web, en un chat, o en el teléfono de atención al cliente, hasta que tan sólo después de mucho ir y venir te terminan poniendo con un agente con acentos multicolores que, probablemente, te atiende desde cualquier rincón del planeta y que, a la mínima de cambio, si el problema que planteas es complicado, te dirá que te pasa con alguien y cortará la comunicación, o al menos así me lo parece.

Te atienda quien consigas que te atienda, el primer contacto siempre es con una máquina. Lo llaman revolución digital, pero en realidad es una desatención generalizada instalada en el centro del sistema. Una trampa para que el tiempo lo pierdas tú en lugar de la empresa, hasta que la paciencia te abandone y aceptes que la Máquina tiene todo el poder y tú no eres nada.

El resultado es que terminamos por aceptar que es lo que hay, es el mundo que toca y hasta llegamos a creer que era lo que queríamos. Desesperado vuelves al rincón de pensar, mientras ellos siguen atentos a lo único que importa, ganar dinero y acumular poder, aunque para ello haya que invertir en armamentos sofisticados para destruir un país y luego en nuevas máquinas para reconstruirlo.

El cambio de las leyes, para convertir en exigible que tenga que atendernos una persona si así lo pedimos y en un tiempo razonable, es importante, pero nada cambiará significativamente mientras la lógica empresarial siga obviando su papel de servicio a la sociedad y siga priorizando el beneficio económico a toda costa, cuanto más grande mejor y sin tener en cuenta las necesidades de los clientes, de las personas.

Esto de bailar con máquinas nos está costando demasiado caro, en términos económicos, pero también en términos sociales, de calidad de nuestras vidas.

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