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Hay que cruzar la antigua carretera de Vicálvaro. Dejar detrás el puesto de flores. Despedirse de Benito Pérez Galdós -que está en el camino de salida de la parte bendecida del cementerio de La Almudena, así llamado por todos aunque su epígrafe original fuera Necrópolis del Este-. Forma parte del principal cementerio municipal de Madrid aunque les separe una carretera. Y después una puerta. Dará paso al cementerio hebreo. También está. Un cementerio casi desconocido para el gran público donde la homogeneidad de las sepulturas guarda el rito particular de los judíos a la hora de enterrar. Sin flores y sin cruces. Gris y estrellas de David. Y alguna potente historia contra los nazis.

El civil alberga a buena parte de la intelectualidad del siglo XX, pensadores, políticos y personajes que no abrazaron la fe cristiana o que no abrazaron ninguna fe. Desde Nicolás Salmerón -aquel Presidente que dejó el cargo por no firmar una sentencia de muerte, aunque no fue exactamente así- hasta Colombine o Rosario “la Dinamitera”.

El cementerio civil de Madrid guarda historias de las vidas, guarda letras, guarda recuerdos de la guerra. Guarda secretos. Como su primera moradora, Maravilla Leal. Una joven de apenas 20 años cuyo relato cuenta que se suicidó en septiembre 1884 y entonces el rey Alfonso XII fue al entierro y entonces dignificó el cementerio civil y entonces bla, bla, bla. El relato se repite hasta la saciedad. Hasta este año. Paloma Contreras de “Entre Piedras y Cipreses” nos abrió los ojos: en hemeroteca no se recoge ese hecho sino la muerte de una niña protestante. Claro que ni suicidas ni protestantes podían ser enterrados en terreno sagrado. Y el Rey… Andaba por Aranjuez, según la prensa cuando enterraron a la joven. Por cierto, un año antes, en 1883 ya una Real Orden dispuso la necesidad de que los grandes núcleos urbanos tuvieran un cementerio civil junto al católico. Madrid, por lo visto, no había tenido la necesidad imperiosa de abrirlo hasta la muerte de Maravilla.

Sea como fuere, el cementerio civil es un lugar en el que conocer la historia de buena parte del siglo XX. Personajes del ámbito progresista e intelectual del siglo XX y simbología claramente masona -columnas partidas, escuadras y cartabones entrelazados- junto con políticos del ámbito de la izquierda nacional conforman el mapa de un cementerio en el que hay uno de los epitafios con más peso que uno pueda leer: Nada hay después de la muerte.


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