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A trompicones. Así llegó a ser el cementerio más grande de Madrid, Cementerio de la Almudena, y uno de los camposantos más grande de Europa Occidental. De hecho, técnicamente la ciudad de Madrid tiene más muertos que vivos: alrededor de cinco millones de difuntos descansan en la Necrópolis del Este. (Entre cuerpos, cenizas y reducciones). Inaugurado en 1925, comenzó a utilizarse como lugar de descanso eterno en 1884 cuando una terrible epidemia de cólera asoló la capital del reino. El niño Pedro Regalado Olmos fue quien llegó al conocido entonces como Cementerio de Epidemias con las prisas del contagio pisando los talones a una sociedad, la madrileña, que todavía no tenía muy clara la necesidad de sacar a los difuntos de las iglesias. Curioso que la propia iglesia ya hubiera asumido este cambio de rumbo y hubiera hecho construir en Madrid los llamados cementerios Sacramentales, bajo el amparo de las diferentes Archicofradías de la ciudad.

El proyecto original del cementerio de La Almudena no tiene mucho qué ver con el que hoy día podemos visitar. El proyecto ganador original de Fernando Arbós y José Urioste derivó finalmente -por la falta de inversión y el paso del tiempo- en el trabajo del arquitecto municipal Francisco García Nava. La entrada del cementerio es uno de sus elementos más importantes, conocida como “Los Propíleos”, una doble arquería flanqueada a cada lado por dos edificios que recordaría al monumental cementerio de la ciudad italiana de Milán.

Su capilla de estilo modernista y su forma original de cruz griega -únicamente se aprecia bien desde el aire- son otros de sus puntos de interés, si bien lo más importante que guarda este cementerio son sus historias. Personajes de la historia de España descansan entre sus muros de la mano de un olvido que cada vez es menor. El turismo de cementerios o turismo emocional tiene cada vez más auge entre los viajeros que encuentran en la paz del camposanto una manera diferente de conocer el pasado de una ciudad y de un país.

Benito Pérez Galdós, Isaac Peral, el homenaje a los últimos de Filipinas o el trágico recuerdo de la Guerra Civil están presentes en este cementerio por el que además circula un autobús de la EMT madrileña. Las leyendas que se ciernen sobre ese recorrido o sobre el ángel (Fausto) que vigila desde lo alto de la Basílica son abundantes. La realidad es que pasear entre sus numerosas calles, además de un rato de silencio y tranquilidad, mantiene vivo el recuerdo de quienes fueron antes que nosotros.


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